Acaba ya de desenvolverte, que aun en el palacio de la muerte no conviene el ser mozo vergonzoso; más vale tener un punto y aun dos de entremetido. Sabrás que éste es el cortejo de la reina de todo el mundo, mi señora la Muerte, que ahí cerca viene; nosotros somos sus más crueles verdugos.

No lo parecéis, replicó Critilo, desencogiéndose también, pues veniste de fiesta y de placer, cantando y riendo. Yo siempre creí que los asesinos suyos eran tan fieros como crueles, intratables y ásperos, consumidores y consumidos, de tan mala catadura como ella.

Ésos, respondió él, doblando la risa, eran los del tiempo antiguo; ya no se usan, todo está muy trocado, nosotros la asistimos agora.

¿Y quién eres tú?, le preguntó Andrenio.

Yo soy, no lo creeréis, un Hartazgo.

Y aun por eso tan cariharto. ¿Y aquel otro?

Es un convitón, éste de mi otro lado es un almuerzo, el de más allá un merendón, la otra una fiambrera, aquéllas las buenas cenas que han muerto á tantos.

¿Y aquel adamado y galán?

Es un mal francés.

¿Y aquellas otras tan lindas?