Son unas búas. Y así de las que veis, que ya los más de los mortales se mueren por lo que les mata y apetecen lo que les acarrea la muerte. Antes moría un hombre de una pesadumbre, de un despecho, de un cansancio; pero ya han dado muchos en la cuenta. No los matan ya pesares ni acaban penas. ¿Quién creerá que aquella tan blanca, que está allí, es una leche de almendras y que no pocos mueren de ella? Otra cosa te sé decir, que ya los menos son los que matan los asesinos de la muerte y los más los que ellos mismos se matan. Ellos se la toman por sus manos. Veis allí los desórdenes, asesinos de la juventud. Aquel tan agradable es un jarro de agua fría. Aquellos otros tan bellos son los soles de España, los serenísimos de Italia, las lunas de Valencia, los dolores de Francia, toda ella linda gente.

No paraban de entrar achaques y sin saberse por dónde, aunque por todas partes. Y decía Andrenio:

Hartazgo mío ¿por dónde entran éstos?

¿Por dónde? Muerte no venga, que achaque no falta. Pero atended, que entra ya ella misma, si no en persona, en sombra y en huesos.

¿En qué lo conoces?

En que comienzan á entrar ya los médicos, que son los inmediatos á ella, los más ciertos ministros, los que la traen infaliblemente.

No me dejes, Hartazgo mío, que querría dármelo de curiosidad, demás que estoy ya temblando aquel su mal gesto.

Pues advierte que no le tiene ni malo ni bueno para proceder más descarada.

¿Con qué ojos nos mirará?

Con ningunos, que no tiene miramiento.