¿Cómo no, cuando yo veo que de todos, cuantos van á la campaña, no vuelve ninguno? ¿Qué se hacen?
¿Qué? Mueren de hambre, señora, de enfermedades, de malpasar, de necesidad, de desnudez y de desdichas.
He, que todo es uno para mí, dijo la Muerte. ¿Ellos al cabo no perecen todos? Sea de pelear, sea de no pelear, sea de lo que fuere, ¿sabéis lo que me parece? Que la campaña es como la casa del juego, que todo el dinero se hunde en ella, ya en barajas, ya en baratos, en luces y en refrescos ¡Oh, buen príncipe aquel y grande amigo mío, que acorralaba veinte mil españoles en una plaza y los hacía perecer todos de hambre, sin dejarles echar mano á la espada! Si eso hicieran, no había para comenzar de toda Francia. Que á los españoles no les han faltado sino cabos chocadores, no soldados avanzadores. ¡Pues aquel otro, que hizo perecer más de otros tantos, á vista del enemigo, todos de hambre y de desdicha de jefes! Pero quítateme de delante, anda de ahí, guerra malnacida y peor ejercitada. Pues sin pelear, ¿cuándo el ejército se denominó del ejercicio?
Yo sí, señora, que mato y asuelo y destruyo en estos tiempos todo el mundo.
¿Quién eres tú?
¿Pues no me conoces? ¿Ahora sales con eso, cuando yo creí que estaba en tu valimiento?
No doy en la cuenta.
Yo soy la peste, que todo lo barro y todo lo ando, paseándome por toda la Europa, sin perdonar la saludable España, afligida de guerras y calamidades: que allá va el mal donde más hay. Y todo esto no basta para castigo de su soberbia.
Saltó al punto un tropel de entremetidos, diciendo:
¿Qué dices? ¿Qué blasonas tú? ¿No sabes que toda esta matanza á nosotros se nos debe?