¿Quién sois vosotros?

¿Quiénes? Los contagios.

¿Pues en qué os diferenciáis de las pestes?

¿Cómo en qué? Díganlo los médicos, ó si no, dígalo mi compañero, que es más simple que yo.

Lo que sé es que, mientras los ignorantes médicos andan disputando sobre si es peste ó es contagio, ya ha perecido más de la mitad de una ciudad y al cabo toda su disputa viene á parar en que la que al principio ó por crédito ó por incredulidad se tuvo por contagio, después al echar de las sisas ó gabelas fué peste confirmada y aun pestilencia incurable de las bolsas. Al fin, vosotros pestes ó contagios, sus alcahuetes, quitáosme de delante, que no hacéis cosa á derechas, pues sólo las habéis con los pobres desdichados y desvalidos, no atreviéndoos á los ricos y poderosos, que todos ellos se os escapan con aquellas tres alas de las tres eles, luego, lejos y largo tiempo, esto es, luego en el huir, lejos en el vivir y largo tiempo en volver. De modo que no sois sino matadesdichados, aceptadores de personas y no ministros fieles de la divina justicia.

Yo sí, señora, que soy el verdugo de los ricos, la que no perdono á los poderosos.

¿Quién eres tú, que pareces la Fénix entre los males?

Yo, dijo, soy la gota, que no sólo no perdono á los poderosos; pero me encarnizo en los príncipes y los mayores monarcas.

Gentil partida, dijo la Muerte. Tú no sólo no les quitas la vida; pero dicen que se les alargas veinte ó treinta años más desde que comienzas. Y lo que se ve es que están muy bienhallados contigo, sirviéndoles de arbitrio de su poltronería y de alcahueta de su ocio y su regalo. Sepan que yo tengo de hacer reforma de malos ministros y desterrarlos á todos por inútiles y ociosos donde hay médicos. Y he de comenzar por aquella gran follona la cuartana, por quien jamás dobla campana. Que no sirve sino de hacer regalones los hombres, agotando el vino blanco y encareciendo las perdices. Mirad qué cara de hipócrita. Ella come bien y bebe mejor y sin hacerme servicio alguno pide premio, después de muchas ayudas de costa. Hola, mis valientes, los matantes, ¿dónde andáis? Dolores de costado, tabardillos y detenciones de orina, andad luego y acabad con estos ricos, con estos poderosos, que se burlan de las pestes y se ríen de la gota y hacen fisga de la cuartana y jaqueca.

Rehusaban ellos la ejecución del mandato y no se movían.