¿Qué es esto?, dijo la Muerte. Parece que teméis la empresa. ¿De cuándo acá?

Señora, la respondieron, mándanos matar cien pobres, antes que un rico; docientos desdichados, antes que un próspero, aunque sea Colona. Porque, demás de que son muy dificultosos de asesinar éstos, nos concitamos el odio universal de todos los otros.

¡Oh, qué bueno está eso!, ponderó la Muerte. ¿Y ahora estamos en eso? Si en eso reparamos, nada valdremos. Ora, yo os quiero contar al propósito y al ejemplo y demos este rato de treguas á los mortales, que no hay suspensión de mis flechas, como un rato de olvido, cuando la memoria de la muerte toda la vida desazona. Habéis de saber que, cuando yo vine al mundo, hablo de mucho tiempo, allá en mi noviciado, aunque entré con vara alta y como plenipotenciaria de Dios, confieso que tuve algún horror al matar y que anduve en contemplaciones á los principios, si mataré éste, no sino aquél, si el rico, si el poderoso, si la hermosa, no sino la fea, si el mozo gallardo, si el viejo; pero al fin ya me resolví con harto dolor de mi corazón. Aunque dicen que no le tengo ni entrañas y que soy dura. ¿Qué mucho, si soy toda huesos? Determiné comenzar por un mozo rollizo y bello como un pino de oro, déstos que hacen burla de mis tiros. Parecióme que no haría tanta falta en el mundo ni en su casa, como un hombre de gobierno hecho y derecho. Encaréle mi arco, que aún no usaba de guadaña ni la conocía. Confieso que me temblaba el brazo, que no sé cómo me acerté el tiro; pero al fin él quedó tendido en aquel suelo y al mismo punto se levantó todo el mundo contra mí, clamando y diciendo:

¡Oh cruel, oh bárbara Muerte! Mirad quién ha asesinado á un mancebo el más lindo, que agora comenzaba á vivir, en lo más florido de su edad, qué esperanzas ha cortado, qué belleza ha malogrado la traidora. Aguardara á que se sazonara y no cogiera el fruto en agraz y en una edad tan peligrosa. ¡Oh malograda juventud!

Llorábanle sus padres, lamentábanse sus amigos, suspiraban muchas apasionadas, hizo duelo á toda una ciudad. De verdad que quedé confusa y aun arrepentida de lo hecho. Estuve algunos días sin osar matar ni parecer; pero al fin él pasó por muerto para ciento y un año. Viendo esto, traté de mudar de rumbo, encaré el arco contra un viejo de cien años.

Á éste sí, decía yo, que no le plañirá nadie; antes todos se holgarán, que á todos los tenía cansados con tanto reñir y dar consejos. Á él mismo pienso haberse hecho favor, que vivía muriendo. Que, si la muerte para los mozos es naufragio, para los viejos, tomar puerto. Flechéle un catarro, que le acabó en dos días y, cuando creí que nadie me condenara la acción, antes bien todos me la aplaudieran y aun la agradecieran, sucedió tan al contrario, que todos á una voz comenzaron á malearla y á decir mil males de mí, tratándome, si antes de cruel, agora de necia, la que así mataba un varón tan esencial á la república.

Éstos, decían, con sus canas honran las comunidades y con sus consejos las mantienen. Agora había de comenzar á vivir éste lleno de virtud, hombre de conciencia y de experiencia. Estos agobiados son los puntales del bien común.

Quedé, cuando oí esto, de todo punto acobardada, sin saber á quién llevarme. Mal, si al mozo; peor, si al anciano. Tuve mi reconsejo y determiné encarar el arco contra una dama moza y hermosa.

Esta vez sí, decía, que he acertado el tiro, que nadie me hará cargo, porque ésta era una desvanecida, traía en continuo desvelo á sus padres y con ojeriza á los ajenos, la que volvía locos, digo más de lo que lo estaban, á los mozos, tenía inquieto todo el pueblo. Por ella eran las cuchilladas, el ruido de noche, sin dejar dormir á los vecinos, trayendo sobresaltada la justicia. Y para ella es ya favor, cuando fuera venganza el dejarla llegar á vieja y fea. Al fin yo la encaré unas viruelas, que ayudadas de un fiero garrotillo en cuatro días la ahogaron. Mas aquí fué el alarido común, aquí la conjuración universal contra mis tiros. No quedó persona, que no me murmurase, grandes y pequeños, echándome á centenares las maldiciones.

¡Hay tan mal gusto, decían, como el desta muerte! ¡Hay semejante necedad! ¡Que una sola hermosa, que había en el pueblo, ésa se la haya llevado, habiendo cien feas en que pudiera escoger y nos hubiera hecho lisonja en quitárnoslas de delante!