¡Qué entendida!, decían los galanes. ¡Qué discreta!

Asegúroos, que no sabía ya qué hacerme. Maté un pobre, pareciéndome le hacía mercedes, según vivía de laceriado: ni por ésas; antes bien todos contra mí.

Señor, decían, que matara un ricazo, harto de gozar del mundo, pase; pero un pobrecillo, que no había visto un día bueno, ¡gran crueldad!

Calla, dije, que yo me enmendaré, yo mataré antes de muchas horas un poderoso.

Y así lo ejecuté; mas fué lo mismo que amotinar todo el mundo contra mí. Que tenía infinitos parientes, otros tantos amigos, muchos criados y á todos dependientes. Maté un sabio y pensé perderme, porque los otros fulminaron discurso y aun sátiras contra mí. Maté después un gran necio y salióme peor, que tenía muchos camaradas y comenzaron á darme valientes mazadas.

¿Señores, en qué ha de parar esto?, decía yo. ¿Qué he de hacer? ¿Á quién he de matar?

Determiné consultar primero los tiros con aquellos mismos en quienes se habían de ejecutar y que ellos mismos se escogiesen el modo y el cuándo; pero fué echarlo más á perder, porque á ninguno le venía bien ni hallaban el modo ni el día. Para holgarse y entretenerse, eso sí; pero para morir, de ningún modo.

Déjame, decían, concluir con estas cuentas, agora estoy muy ocupado. ¡Oh qué mala sazón! Querría acomodar mis hijos, concertar mis cosas.

De modo que no hallaban la ocasión ni cuando mozos ni cuando viejos ni cuando ricos ni cuando pobres. Tanto, que llegué á un viejo decrépito y le pregunté si era hora y respondióme que no, hasta el año siguiente. Y lo mismo dijo otro. Que no hay hombre, por viejo que esté, que no piense que puede vivir otro año. Viendo que ni esto me salía, di en otro arbitrio y fué de no matar sino á los que me llamasen y me deseasen, para hacer yo crédito y ellos vanidad; pero no hubo hombre que tal hiciese. Uno sólo me envió á llamar tres ó cuatro veces. Híceme de rogar, para ver si la misma privación le causaría apetito y, cuando llegué, me dijo:

No te he llamado para mí, sino para mi mujer.