Mas ella, que tal oyó, enfurecida dijo:

Yo me tengo lengua para llamarla, cuando la hubiere menester. ¿Quién le mete á él en eso? Mirad ¡qué caritativo marido!

Así que ninguno me buscaba para sí, sino para otro, las nueras para las suegras, las mujeres para los maridos, los herederos para los que poseían la hacienda, los pretendientes para los que gozaban de los cargos, pegándome bravas burlas, haciéndome todos ir y venir, que no hay mejor deuda ni más mala paga. Al fin, viéndome puesta en semejante confusión con los mortales y que no podía averiguarme con ellos, mal si mato al viejo, peor si al mozo, si la fea, si la hermosa, si el pobre, si el rico, si el ignorante, si el sabio:

Gente de la maldición, decía, ¿á quién he de matar? Concertaos. Veamos qué ha de ser. Vosotros sois mortales, yo matante: yo he de hacer mi oficio.

Viendo, pues, que no había otro expediente ni modo de ajustarnos, arrojé el arco y así de la guadaña, cerré los ojos y apreté los puños y comencé á segar todo parejo, verde y seco, crudo y maduro, ya en flor, ya en grano, á roso y á belloso, cortando á la par rosas y retamas, dé donde diere.

Veamos agora si estaréis contentos.

Con este modo de proceder me hallé bien. Que el poco mal espanta y el mucho amansa. Con él me he quedado, así prosigo y digan lo que dijeren, murmuren cuanto quisieren, que ellos me lo pagarán. Digan ellos, que yo haré y así habéis de hacer vosotros.

En confirmación de esto, llamó uno de aquellos sus fieros ministros y dióle un apretado orden, aun desorden: que fuese y asesinase un poderoso, que de nada hacía caso. Comenzó á embarazarse el verdugo y aun hacerse de pencas.

¿De qué temes?, le dijo. ¿Á éste hallas dificultad en chocar con él?

No señora, que éstos, el primer día están malos, el segundo mejores, al tercero no es nada y al cuarto mueren.