¿Pues qué?, los muchos remedios, ¿qué se han de hacer?
Menos, que antes éstos nos ayudan, atropellándose unos á otros, sin dejarles obrar los segundos á los primeros, por lo malsufrido del enfermo, hecho á su gusto é imperio.
¿Recelas las muchas plegarias y oraciones, que se han de mandar hacer por él?
Tampoco, que tienen éstos poco obligado al cielo en salud y, aunque se manden enterrar tal vez con un hábito bendito, no por eso los deja de conocer el diablo.
¿Pues en qué reparas?
En el odio, que te has de conciliar, por tener muchos parientes y dependientes.
Eso es lo de menos; antes bien no hay tiro más acreditado y que mejor nos salga, que el que se emplea en uno déstos, porque son los puercos de la casa del mundo, que el día que los matan, ellos gruñen y los demás se ríen, ellos gritan y los demás se alegran. Porque aquel día todos tienen que comer, los parientes heredan, los sacristanes repican, aunque dicen que doblan, los mercaderes venden sus bayetas, los sastres las cosen y hurtan, los lacayos las arrastran, páganse las deudas, danse limosnas á los pobres. De suerte que á todos viene bien, lloran de cumplimiento y ríen de contento.
¿Recelas el descrédito?
De ningún modo, porque antes éstos vuelven por nosotros, diciendo todos que él se ha muerto, él se tiene la culpa, era un desreglado, no sólo en salud, pero aun enfermo: enjaguaráse cien veces, variando tazas el día de la mayor fiebre; tenía en un salón doce camas, pegada la una con la otra y íbase revolcando por todas ellas del un lado al otro y volviendo á deshacer la rueda en el mayor crecimiento; viven aprisa y así acaban presto.
¿Pues en qué reparáis?