Iban llegando ministros de la cruda reina de varias partes y decíales:

¿De dónde venís? ¿Dónde habéis andado?

Y respondían: las Mutaciones de Roma, los Letargos de España, las Apoplejías de Alemania, las Disenterías de Francia, los Dolores de costado de Inglaterra, los Romadizos de Suecia, los Contagios de Constantinopla y la Sarna de Pamplona.

¿Y en la isla pestilente, quién ha estado?

Ella es tal, que todos la habemos huído, que dicen se llamó así, más por sus moradores, que por sus males.

Pues alto, id allá todos juntos y no me dejéis extranjero á vida.

¿Y también los prelados?

Mejor, que no tienen el vulgar remedio.

Esto estaban viendo y oyendo, no en sueños ni por imaginación fantástica, sino muy en desvelo y muy de veras, olvidados de sí mismos, cuando ceñó la Muerte á una Decrepitud y la dijo:

Llégate ahí y emprende de buen ánimo, que yo acometo cara á cara á los viejos, si á traición á los jóvenes. Y acaba ya con esos dos pasajeros de la vida y su peregrinación tan prolija, que tienen ya enfadado y cansado á todo el mundo. Vinieron á Roma en busca de la Felicidad y habrán encontrado la Desdicha.