Aquí perecemos sin remedio, iba á decir Andrenio.

Pero helósele la voz en la garganta y aun las lágrimas en los párpados, asiéndose fuertemente de su conducidor peregrino.

Buen ánimo, le dijo éste, y mayor en el más apretado trance, que no faltará remedio.

¿De qué suerte, replicó, si dicen que para todo le hay, sino para la muerte?

Engañóse quien tal dijo, que también le hay, yo le sé, y nos ha de valer agora.

¿Cuál sera ése?, instó Critilo. ¿Es acaso el valer poco, el servir de nada en el mundo, el ser suegro necio, el desearnos la muerte los otros por la expectativa, ó el dejarla nosotros por alivio, cargarnos de maldiciones, el ser desdichados?

Nada, nada de todo eso.

¿Pues qué será?

Remedio para no morir.

Ya muero por saberlo y por probarlo.