Seguidme, les decía, que hoy intento trasladaros de la casa de la muerte al palacio de la vida, desta región de horrores del silencio á la de los honores de la fama. Decidme: ¿nunca habéis oído nombrar aquella célebre isla de tan rara y plausible propiedad, que ninguno muere ni puede morir, si una vez entra en ella? Pues de verdad, que es bien nombrada y apetecida.
Ya yo he oído hablar de ella algunas veces, dijo Critilo; pero como de cosa muy allende, acullá en los antípodas, socorro ordinario de lo fabuloso lo lejos, y como dicen las abuelas, de largas vías cercanas mentiras. Por lo cual, yo siempre la he tenido por un espantavulgo, remitiéndola á su simple credulidad.
¿Cómo es eso de bene trobato?, replicó el peregrino. Isla hay de la inmortalidad, bien cierta y bien cerca, que no hay cosa más inmediata á la muerte que la inmortalidad: de la una se declina á la otra. Y así veréis que ningún hombre, por eminente que sea, es estimado en vida. Ni lo fué el Ticiano en la pintura ni el Bonarota en la escultura ni Góngora en la poesía ni Quevedo en la prosa. Ninguno parece, hasta que desaparece. No son aplaudidos, hasta que idos. De modo que, lo que para otros es muerte, para los insignes hombres es vida. Asegúroos que yo la he visto y andado, gozándome hartas veces en ella, y aun tengo por empleo conducir allá los famosos varones.
Aguarda, dijo Andrenio. Déjame hacer fruición de semejante dicha. ¿De veras que hay tal isla en el mundo y tan cerca y que, en entrando en ella, á Dios muerte?
Dígote, que la has de ver.
Aguarda, ¿y que ya no habrá ni el temor de morir, que aun es peor que la misma muerte?
Tampoco.
¿Ni el envejecer, que es lo que más sienten las Narcisas?
Menos: no hay nada de eso.
De modo que ¿no llegan los hombres á estar chochos ni decrépitos ni á monear aquellos tan prudentazos antes, que es brava lástima verlos después niñear, los que eran tan hombres?