Nada, nada de eso se experimenta en ella.

¡Oh, la bella cosa!

En entrando allá, digo, fuera canas, fuera toses y callos, á Dios corcova y me pongo tieso, lucido y colorado y me remozo y me vuelvo de veinte años, aunque mejor será de treinta.

¡Y qué daría por poder hacer otro tanto, quien yo me sé! ¡Oh, cuándo me veré en ella, libre de pantuflos y manguitos y muletillas! Y pregunto, ¿hay relojes por allá?

No por cierto, no son menester. Que allí no pasan días por las personas.

¡Oh qué gran cosa! Por solo eso se puede estar allá, que te aseguro que me muelen y me matan cada cuarto y cada instante. Gran cosa vivir de una tirada y pasar sin oir horas, como el que juega por cédulas sin sentir lo que pierde. ¡Qué mal gusto el de los que los llevan en el pecho, sisándose la vida y intimándose de continuo la muerte! Pero otra cosa, inmortal mío, díme, ¿no se come, no se bebe en esa isla? Porque, si no beben, ¿cómo viven? Si no se alimentan, ¿cómo alientan? ¿Qué vida sería ésa? Porque acá vemos que la sabia naturaleza de los mismos medios para el vivir hizo vida: el comer es vivir y el gustar. De modo que todas las acciones más necesarias para la vida las hizo más gustosas y apetecibles.

En eso del comer, respondió el inmortal, hay mucho que decir.

Y que pensar, añadió Andrenio.

Dícese que los héroes se sustentan de higadillas de la Fénix; los valientes, los Pablos de Parada y los Borros, de medulas de leones; pero los más noticiosos desto aseguran que se pasan como los del monte Amanos, del airecillo del aplauso, que corre con los soplos de la fama, con aquello de oir decir: no hay espada como la del señor don Juan de Austria, no hay bastón como el de Caracena, no hay testa como la de Oñate, no hay pico como el de Santillana. Esto es lo que los sustenta, este aplauso, este decir: ¡qué gran virrey el duque de Monte León! No le ha habido mejor en Aragón. No se ha visto otro embajador en Roma como el conde de Siruela, no hay garnacha como el regente de Aragón don Luis de Ejea, no hay mitra como la de Santos en Sigüenza, no hay tres bonetes como los tres hermanos, el deán de Sigüenza, arcipreste de Valpuesta y el arcediano de Zaragoza. Este aplauso les quita las canas y las arrugas y basta hacerlos inmortales. Vale mucho este decir universal: ¡qué gran ministro el presidente! ¡Pues el inquisidor general! No hay tiara como la de Alejandro el Máximo, el dos veces Santo. No hay cetro como el...

Aguarda, dijo Critilo, no querría que fuese esto de hacer los hombres eternos lo de aquel otro del secreto de hacer sólido el vidrio. De quien cuentan que un emperador le hizo hacer pedazos á él, porque no cayesen de su estimación el oro y la plata. Que, si aun desta suerte les decían los indios á los españoles: ¿teniendo el vidrio allá en el otro mundo, venís á buscar el oro en éste? ¿teniendo cristales, hacéis caso de metales?, ¿qué dijeran, si no fuera quebradizo, si le experimentaran durable? Por tan dificultoso tengo yo alcanzarle solidez á la frágil vida, como al delicado vidrio, que para mí, hombre y vidrio todo es uno, á un tris dan un tras y acábase vidrio y hombre.