He, seguidme, les decía su prodigioso. Que hoy mismo habéis de pasear por la gran plaza, por el anfiteatro de la inmortalidad. Fuélos sacando á luz por una secreta mina, pasadizo derecho de la muerte á la eternidad, del olvido á la fama. Pasaron por el templo del trabajo y díjoles:
Buen ánimo, que cerca estamos del de la fama.
Sacólos finalmente á la orilla de un mar tan estraño, que creyeron estar en el puerto, si no de Hostia, de víctima de la muerte, y más cuando vieron sus aguas tan negras y tan oscuras, que preguntaron si era aquel mar donde desagua el Leteo, el río del olvido.
Es tan al contrario, le respondió, y está tan lejos de ser el golfo del olvido, que antes es el de la memoria y perpetua. Sabed que aquí desaguan las corrientes de Elicona, los sudores hilo á hilo y más los odoríferos de Alejandro y de otros ínclitos varones, el llanto de las Eliades, los aljófares de Diana, linfas todas de sus bellas Ninfas.
¿Pues cómo están tan denegridas?
Es lo mejor que tienen. Porque este color proviene de la preciosa tinta de los famosos escritores, que en ella bañan sus plumas. De aquí se dice tomaron jugo la de Homero para cantar de Aquiles, la de Virgilio de Augusto, Plinio de Trajano, Cornelio Tácito de ambos Nerones, Quinto Curcio de Alejandro, Jenofonte de Ciro, Comines del gran Carlos de Borgoña, Pedro Mateo de Enrico Cuarto, Fuen Mayor de Pío Quinto y Julio César de sí mismo. Autores todos validos de la fama. Y es tal la eficacia deste licor, que una sola gota basta á inmortalizar un hombre, pues un solo borrón, que echaba en uno de sus versos Marcial, pudo hacer inmortales á Partenio y á Liciano (otros leen Liñano), habiendo perecido la fama de otros sus contemporáneos, porque el poeta no se acordó de ellos.
Yace en medio deste inmenso piélago de la fama aquella célebre isla de la inmortalidad, albergue feliz de los héroes, estancia plausible de los varones famosos.
Pues dínos ¿por dónde y cómo se pasa á ella?
Yo os lo diré. Las águilas volando, los cisnes surcando, las Fénix de un vuelo, los demás remando y sudando, ansí como nosotros.
Fletó luego una chalupa, hecha de incorruptible cedro, taraceada de ingeniosas inscripciones, con iluminaciones de oro y bermellón, relevada de emblemas y empresas, tomadas del Sorio, del Saavedra, de Alciato y del Solórzano. Y decía el patrón haberse fabricado de tablas, que sirvieron de cubiertas á muchos libros, ya de nota, ya de estrella. Parecían plumas sus dorados remos y las velas lienzos del antiguo Timantes y del Velázquez moderno. Fuéronse ya engolfando por aquel mar en leche de su elocuencia, de cristal en lo terso del estilo, de ambrosía en lo suave del concepto y de bálsamo en lo odorífero de sus moralidades. Oíanse cantar regaladamente los cisnes, que de verdad cantan los del Parnaso. Anidaban seguros los alciones de la historia y andaban saltando alrededor del batel con mucha humanidad los delfines. Iban perdiendo tierra y ganando estrellas y todas favorables, con viento en popa, por irse reforzando siempre más y más los soplos del aplauso. Y para que fuese el viaje de todas maneras gustoso, iba entreteniéndoles el inmortal con su sazonada erudición: que no hay rato hoy más entretenido ni más aprovechado, que el de un bel parlar entre tres ó cuatro. Recréase el oído con la suave música, los ojos con las cosas hermosas, el olfato con las flores, el gusto en un convite; pero el entendimiento con la erudita y discreta conversación entre tres ó cuatro amigos entendidos y no más, porque en pasando de ahí, es bulla y confusión. De modo que es la dulce conversación banquete del entendimiento, manjar del alma, desahogo del corazón, logro del saber, vida de la amistad y empleo mayor del hombre.