Sabed, les decía, oh mis candidados de la fama, pretendientes de la inmortalidad, que llegó el hombre á tener, no ya emulación, pero envidia declarada á una de las aves y no atinaréis tan presto cuál fuese ésta.

¿Sería, dijeron, el águila, por su perspicacia, señorío y vuelo?

No por cierto, que se abate del sol á una vil sabandija, rozando su grandeza.

¿Sin duda que al pavón, por las atenciones de sus ojos, entre tanta bizarría?

Tampoco, que tiene malos dejos.

¿Y al cisne, por lo cándido y lo canoro?

Menos, que es un muy necio callar el de toda la vida.

¿Á la garza, por su bizarra altanería?

De ningún modo, que, aunque remontada, es desvanecida.

Basta ¿que sería la fénix, por lo única en todo?