¿Parécete que es niñería aquello de vivir trecientos años y aún aún?

Sí, algo es eso.

¿Cómo algo? Y mucho y no como quiera.

Sin duda, dijo Critilo, que le viene eso por ser aciago, que todo lo malo dura mucho, los azares nunca se marchitan y todo lo desdichado es eterno. Sea lo que fuere, él llegó á lo que no el águila ni el cisne.

¿Es posible, decía el hombre, que un pájaro tan civil haya de vivir siglos enteros y que un héroe el más sabio, el más valiente, la mujer más linda, la más discreta, no lleguen á cumplir uno ni á vivir el tercio? ¿Qué haya de ser la vida humana tan corta de días y tan cumplida de miserias?

No pudo contener esta su desazón allá en sus interioridades á lo sagaz y prudente, sino que la manifestó luego á lo vulgar y llegó á dar quejas al Hacedor supremo. Oyóle las malfundadas razones de su descontento, escuchóle la prolija ponderación de su sentimiento y respondióle:

¿Y quién te ha dicho á ti que no te he concedido yo muy más larga vida que al cuervo y que al roble y que á la palma? He, acaba ya de reconocer tu dicha y de estimar tus ventajas. Advierte que está en tu mano el vivir eternamente. Procura tú ser famoso, obrando hazañosamente, trabaja por ser insigne, ya en las armas, ya en las letras, en el gobierno y, lo que es sobre todo, sé eminente en la virtud, sé heroico y serás eterno, vive á la fama y serás inmortal. No hagas caso, no, de esa material vida, en que los brutos te exceden. Estima sí la de la honra y de la fama y entiende esta verdad, que los insignes hombres nunca mueren.

Campeaban ya mucho y de muy lejos dejábanse ver entre brillantes esplendores unos portentosos edificios, que en divisándolos, gritó Andrenio:

Tierra, tierra.

Y el inmortal: