Cielo, cielo.

Aquéllos, sin más ver, dijo Critilo, son los obeliscos corintios, los romanos coliseos, las babilónicas torres y los alcázares persianos.

No son, dijo el inmortal, antes bien calle la bárbara Menfis sus pirámides y no blasone Babilonia sus homenajes, porque éstos los exceden á todos.

Cuando estuvieron ya más cerca, que pudieron distinguirlos, conocieron que eran de materia muy tosca y muy común, sin arte ni simetría, sin molduras ni perfiles. Tanto, que pasando Andrenio de admirado á ofendido, dijo:

¡Qué cosa tan baja y tan vil es ésta! ¡Qué edificios tan indignos de un tan sublime puesto!

Pues advierte, le respondió el inmortal, que éstos son los más celebrados del mundo. ¿Qué importa que lo material sea común, si lo formal de ellos es bien raro? Éstos han sido siempre venerados y plausibles y con mucho fundamento. Cuando los anfiteatros y los coliseos ya cayeron, éstos están en pie; aquéllos acabaron, éstos permanecen y durarán eternamente.

¿Qué muro viejo y caído es aquel, que causa horror el mirarle?

Aquel es más celebrado y más vistoso, que todas las suntuosas fachadas de los palacios más soberbios. Aquéllas son las almenas de Tarifa, por donde arrojó el puñal don Alonso Pérez de Guzmán.

Y es de notar, ponderó Critilo, que ese Guzmán el Bueno fué en tiempo de don Sancho el Cuarto.

Á par dél campea aquel otro, donde la no menos que valerosa matrona, levantando su falda, levantó bandera de gloriosa vitoria, que en una mujer y al verde gollar el hijo fué valor de singular alabanza.