¿Qué cueva es aquella, que allí se divisa, aunque tan oscura?

No es sino muy clara y muy esclarecida. Aquella es la tan nombrada cueva Donga del inmortal infante don Pelayo, más venerada, que los dorados alcázares de muchos de sus antecesores y aun descendientes.

¿Qué arrasada trinchera es aquella, que allí se admira?

Dígalo el conde de Ancurt, que se acordará bien, pues ahí perdió el renombre de invencible y lo ganó el valeroso duque del Infantado, mostrando bien ser nieto del Cid y heredero de su gran valor. Por aquellas otras tres brechas introdujeron el socorro en Valencianes aquellos tres rayos, tres bravos chocadores, el afortunado señor don Juan de Austria, el único francés en la constancia, el plausible príncipe de Condé y el Marte de España, Caracena.

¿Cómo no se descuellan aquí, replicó Critilo, las pirámides gitanas, tan decantadas y repetidas de los gramáticos pedantes?

Y aun por eso. Porque los reyes, que las construyeron, no fueron famosos por sus hechos, sino por su vanidad. Y así veréis que aun sus nombres se ignoran ni se sabe quiénes fueron. Sola queda la memoria de las piedras; pero no de las hazañas de ellos. Tampoco toparéis aquí las doradas casas de Nerón ni los palacios de Eliogábalo, que, cuando más duraban sus soberbios edificios, pavonaban más sus viles hierros.

Señores, decía Andrenio, ¿qué se ha hecho de tanto ostentoso sepulcro con sus necias inscripciones, hablando, no con los caminantes materiales, como creyeron algunos simples, sino con los pasajeros de la vida? ¿Dónde están, que no parecen?

Ésos sí que fueron obras muertas, fundadas en piedras frías. Gastaron muchos grandes tesoros en labrar mármoles y no en famosos hechos. Más les importara ahorrar de jaspes y añadir de hazañas. Y así vemos que no dura la memoria del dueño, sino de su desacierto. Alaban los que los miran los primores de las piedras; mas no las prendas. Y tal vez preguntan los pasajeros:

¿Quién fué el que allí yace?

Y no saben responderles, quedando en disputa del dueño. Eterna necedad, querer ser célebres después de muertos á porfía de losas, no habiendo sido vivos á costa de heroicos hechos.