Riólo mucho Andrenio y serenóse el inmortal, diciéndole:
Trocarás la risa en admiración y en aplauso el desprecio, cuando sepas que es la tan celebrada estancia del filósofo Diógenes, envidiada del mismo Alejandro, que rodeó muchas leguas por verla, cuando el filósofo le dijo:
Apártate, no me quites el sol.
Sin hacerle más fiesta al conquistador del mundo. Mas él mandó fijar al lado de ella su pabellón militar, como allí se ve.
¿Pues por qué no su palacio?, replicó Andrenio.
Porque no se sabe que le tuviese ni que le fabricase. La tienda fué siempre su alcázar, que para su gran corazón no bastaban palacios. Todo el mundo era su casa, que aun para morir se mandó sacar en medio la gran plaza de Babilonia á vista de sus vitoriosos ejércitos.
Muchos edificios echo yo aquí menos, dijo Critilo, que fueron muy celebrados en el mundo.
Así es, respondió el inmortal, por cuanto sus dueños tuvieron más de vanos, que de hazañosos. Y así no hallaréis aquí disparates de jaspe, necedades de bronce, frialdades de mármol. Más presto toparéis la puente de palo del César, que la de piedra de Trajano. No os canséis en buscar los pensiles, que no se aprecian aquí flores, sino frutos.
¿Qué trozos de naves son aquellos, que están pendientes del templo de la fama?
Son de las que llevaban el socorro á la Fénix de la lealtad, Tortosa. Y aquel prodigio del valor, el duque de Alburquerque, las rindió y desbarató en los mares de Cataluña, hazaña tan dificultosa, cuan aplaudida. Y de aquí es que aún le está ceñando Marte á otras gloriosas empresas.