Mas ya había llegado el bien seguro batelejo á besar las argentadas plantas de aquellos inaccesibles peñascos, atlantes de las estrellas, hallando por todas partes muy dificultoso el surgidero. Y deste achaque padecieron naufragio muchos y muy grandes bajeles y aun carracas, á vista del inmortal reino. Chocaban en aquellas duras inexorables rocas, donde se hacían pedazos lastimosamente. Perecían, porque no parecían. Y muchos, que habían navegado con próspero viento de la fama y la fortuna, habiendo comenzado bien, acabaron mal, estrellándose en el vil acroceraunio de algún vicio. Encallaban otros en algún bajío de su eterna infamia. Así le sucedió á un navío inglés y aun se dijo era la real del octavo de sus Enricos, que, habiendo navegado con favorable viento de aplauso y después de haber conseguido el glorioso renombre de Defensor de la Iglesia Católica, chocó con la torpeza y se fué á pique en la heregía, con todo aquel su desdichado reino. Siguiéronle casi todos los demás bajeles de su armada. Pero el más infeliz fué el de Carlos Estuardo, en quien se ostentó la monstruosidad de la heregía en él, muriendo á ciegas en los suyos, degollándole ciegos, de tal suerte, que quedó en duda cuál fuese mayor barbaridad, la de ellos en degollar su rey, sin ejemplar de la más bárbara fiereza; en él, de no confesarse católico. Amó la heregía, que tantas desdichas le ocasionaba, perdió ambas vidas, perdió ambas coronas, la temporal y la eterna, y, pudiendo inmortalizarse fácilmente declarándose católico, murió de todas maneras, de suerte que los hereges le degollaron y los católicos no le aplaudieron. En aquel otro de fiereza se estrelló Nerón, habiendo sido los seis primeros años de su imperio el mejor emperador y los seis últimos el peor. Allí pereció otro príncipe, que comenzó con bríos de un Marte y luego dió en las flaquezas de Venus. Desta suerte dieron al traste muchos famosos escritores, que, habiendo sacado á luz obras dignas de la eternidad, con el cacoetes del estampar y multiplicar libros se fueron vulgarizando; á otros sus apasionados con obras póstumas, maldigeridas ó impuestas, los deslucieron el crédito.

Reconociendo la dificultad de tomar puerto el noticioso inmortal, valiéndose de su experiencia, guió el batel de arte, que pudieron descubrirle, aunque estaba muy desmentido. Abordaron ya con las mismas gradas de su muerte. Mas aquí consistió su mayor imposibilidad de surgir. Porque en la última se levantaba un arco triunfal de maravillosa arquitectura, esmaltado de inscripciones y de empresas, formando una majestuosa entrada; pero muy defendida con puertas de bronce, y éstas con candados de diamantes, para que ninguno pudiese entrar á su albedrío y sin que lo mereciese. Y esto con tal rigor, que daban y tomaban el nombre y aun el renombre, como pudieran en la más recelosa ciudadela. Y aunque algunos se usurpaban grandes renombres ó se los apegaban sus lisonjeros, como del gran Señor, del Emperador del Septentrión, del Príncipe de mar y tierra, y otros semejantes disparates, no por eso tenían segura la entrada en la inmortalidad ni el ser contados entre sus heroicos moradores. Para esto asistía á la puerta un tan exacto, cuan absoluto portero, cerrando y abriendo á quien juzgaba digno de la inmortalidad. Y sin su aprobación no había entrar pretendiente. Y es de advertir que no podía aquí nada el soborno, que es cosa bien rara. No había que meterle en la mano el doblón, porque él no era de dos caras. Nada valía el cohecho, nada alcanzaba el favor, tan poderoso en otras partes. No escuchaba intercesiones ni se obraba con él bajo manga, que no la tenía ancha, antes de una legua conocía á todo hombre. No había echarle dado falso: ¡qué bueno para ministro! Parecía un vicecanciller de Aragón. Todo lo deslindaba y lo apuraba. No se ahorraba con nadie. Jamás hizo cosa con escrúpulo. No condescendía ni con señores ni con príncipes ni con reyes y, lo que es más, ni con validos.

En prueba de esto llegó en aquella misma ocasión un grave personaje, no ya pidiendo, sino mandando que le abriesen las puertas tan de par en par, como al mismo conde de Fuentes. Miróselo el severo alcaide y á la primera ojeada conoció que no lo merecía y respondióle:

No ha lugar.

¿Cómo que no, replicó él, habiendo sido yo el famoso, el mayor, el Máximo?

Preguntóle quién le había dado aquellos renombres. Respondió que sus amigos. Riólo mucho y dijo:

Más valiera que vuestros enemigos. Quita allá, que venís descaminado.

¿Quién os dió á vos, señor, el renombre de gran prelado, docto, limosnero y vigilante?

¿Quién? Mis criados.

Mejor fuera que vuestras ovejas.