¿Quién os apellidó á vos el Roldán de nuestro siglo, el invencible, el chocador?
Mis aliados, mis dependientes.
Yo lo creo así y vosotros todos os lo bebéis; andad y borradme esos renombres, esos supuestos blasones, nacidos de la desvergonzada lisonja. Quitá allá, que sois unos necios. ¡Cómo que se hizo la inmortalidad para tontos y la eterna fama para simples!
¿Qué portero es éste tan inexorable y rígido?, preguntó Andrenio. Á fe que no es á la moda inconquistable á los doblones. No ha asistido él en el Lobero, no toma cequíes, no ha venido él de los serrallos y apostaré que no ha platicado él con quien yo conocí portero en algún día.
Éste es, le dijo, el mismo mérito en persona, hecho y derecho.
¡Oh, gran sujeto! Agora digo que no me espanto, trabajo hemos de tener en la entrada.
Llegaban unos y otros á pretenderla en el reino de la inmortalidad y pedíales las patentes, firmadas del constante trabajo, rubricadas del heroico valor, selladas de la virtud y, en reconociéndolas desta suerte, se las ponía sobre la cabeza y franqueábales la entrada. La desdicha de otros era que las topaba manchadas del infame vicio y daba otra vuelta á la llave.
Esta letra le dijo á uno, parece de mujer.
Sí, sí.
¡Y qué mala, cuanto de más linda mano! Quita allá. ¡Qué asquerosa fama! Esta otra no viene firmada, que aun para ello le dolió el brazo á la poltronería. Á ámbar huele este papel; más valiera á pólvora. Estos escritos no huelen á aceite, no son de lechuza Apolinea. Desengáñese todo el mundo, que, en no viniendo las certificatorias iluminadas del sudor precioso, ninguno me ha de entrar acá.