Lo que más les admiró fué el ver al mismo rey Francisco el Primero de Francia, que decían había días estaba en una de aquellas gradas, pidiendo con repetidas instancias ser admitido á la inmortalidad entre los famosos héroes, y siempre se le negaba. Replicaba él atendiese á que había obtenido el renombre de Grande y que así le llamaban, no sólo sus franceses, pero los italianos escritores.
Sepamos en virtud de qué, decía el Mérito. ¿Acaso, Sire, porque os visteis vencido en Francia, vencido en Italia y prisionero en España, siempre desgraciado? Paréceme que Pompeyo y vos fuisteis llamados Grandes, según aquel enigma:
¿Cuál es la cosa, que, cuanto más la quitan, más grande se hace?
Pero entrad siquiera por haber favorecido siempre á los eminentes hombres en todo. Del rey don Alonso les contaron que le habían puesto en contingencia su renombre de sabio, diciendo que en España no era mucho y más en aquel tiempo, cuando no florecían tanto las letras, y que advirtiese que el ser rey no consiste en ser eminente capitán, jurista ó astrólogo, sino en saber gobernar y mandar á los valientes, á los letrados, á los consejeros y á todos, que así había hecho Felipe Segundo.
Con todo eso, dijo el Mérito, es de tanta estimación el saber en los reyes, que, aunque no sea sino latín, cuanto más astrología, deben ser admitidos en el reino de la fama.
Y al punto le abrió las puertas. Pero donde gastaron toda la admiración y más, si más tuvieran, fué cuando oyeron que al mayor rey del mundo, pues fundó la mayor Monarquía que ha habido ni habrá, al rey Católico don Fernando, nacido en Aragón para Castilla, sus mismos aragoneses, no sólo le desfavorecieron, pero le hicieron el mayor contraste para entrar allá, por haberlos dejado repetidas veces por la ancha Castilla.
Mas que él respondió con plena satisfacción, diciendo que los mismos aragoneses le habían enseñado el camino, cuando, habiendo tantos famosos hombres en Aragón, los dejaron todos y se fueron á buscar su abuelo el infante de Antequera allá á Castilla, para hacerle su rey, apreciando más el corazón grande de un castellano, que los estrechos de los aragoneses, y hoy día todas las mayores casas se trasladan allá, llegando á tal estimación las cosas de Castilla, que dice el refrán que el estiércol de Castilla es ámbar en Aragón.
Mirad que todos mis antepasados están dentro y en gran puesto, decía uno vanamente confiado, y así yo tengo derecho para entrar allá.
Mejor dijérais obligación y obligaciones. Por lo tanto debiéradeis vos haber cumplido con ellas y obrado de modo, que no os quedárades fuera. Entended que acá no se vive de ajenos blasones; sino de hazañas propias y muy singulares.
Pero ya es común plaga de las ilustres familias que á un gran padre suceda de ordinario un pequeño hijo y así veréis que siempre con los gigantes andan envueltos los enanos.