¿Cómo se puede sufrir que quien es señor de tanto mundo se maleara, un gran príncipe de muchos estados y ditados no tenga un rincón en el reino de la fama?

No hay acá rincones, le respondieron, ninguno está arrinconado. He, señor, acaba de entender que aquí no se mira la dignidad ni el puesto, sino la personal eminencia; no á los ditados, sino á las prendas; á lo que uno se merece, que no á lo que hereda.

¿De dónde venís?, gritaba el integérrimo alcaide. ¿Del valor? ¿Del saber? Pues entrad acá. ¿Del ocio y vicio, de las delicias y pasatiempos? No venís bienencaminados. Volved, volved á la cueva de la nada, que aquél es vuestro paradero. No pueden ser inmortales en la muerte los que vivieron como muertos en vida.

Mordíanse, en llegando á esta ocasión, las manos algunos grandes señores al verse excluídos del reino de la fama y que eran admitidos algunos soldados de fortuna, un Julián Romero, un Villamayor y un capitán Calderón, honrado de los mismos enemigos. ¿Y que un duque, un príncipe se haya de quedar fuera, sin nombre, sin fama, sin aplauso? Presentaron algunos escritores modernos, en vez de memoriales, grandes cuerpos; pero sin alma. Y no sólo no eran admitidos, pero gritaba el Mérito:

Hola, venga acá media docena de faquines, que para solos sus brazos son estos embarazos. Quita de aquí estos insufribles fárragos, escritos no con tinta fina, sino aguachirle, y así todo es broma cuanto dicen. Las ocho hojas de Persio duran hoy y se leen, cuando de toda la Amazonida de Marso no ha quedado más rastro que la censura de Horacio en su inmortal arte. Éste sí que será eterno.

Y mostró un libro pequeño.

Miradle y leedle, que es la Corte en aldea del portugués Lobo. Y estas otras las obras de Sá de Miranda y las seis hojas de la instrucción, que dió Juan de Vega á su hijo, comentada ó realzada por el conde de Portalegre. Esta Vida de don Juan el Segundo de Portugal, escrita por don Agustín Manuel, digno de mejor fortuna. Que los más de estos autores portugueses tienen pimienta en el ingenio.

Estas voces las repetía un prodigioso eco, que excedía con mucho á aquel tan célebre, que está junto á nuestra eterna Bílbilis. Pues este su nombre no latino, está diciendo que fué mucho antes que los romanos y hoy dura y durará siempre. Repetía aquel eco, no cinco veces las voces, como éste, sino cien mil, respondiéndose de siglo en siglo y de provincia en provincia, desde la helada Estocolmo hasta la abrasada Ormuz. Y no resonaba frialdades, como suelen otros ecos; sino heroicas hazañas, dichos sabios y prudentes sentencias. Y á todo lo que no era digno de fama, enmudecía.

Volvieron en esto la atención á las desmesuradas voces, acompañadas de los duros golpes, que daba á las puertas inmortales un raro sujeto, que de verdad fué un bravo paso.

¿Quién eres tú, que hundes más que llamas?, le preguntó el severo alcaide. ¿Eres español? ¿Eres portugués? ¿Ó eres diablo?