Aquí no pudiéndolo sufrir uno de los más alentados, bravo chocador y que le temió más que á todos juntos el enemigo, con muchos actos positivos de su valor, éste, requiriendo la espada, le dijo desistiese de la empresa el que había desistido de tantas, que tratase de retirarse con buen orden el que con tan malo se había siempre retirado, que no pretendiese la reputación inmortal el que á tantos la había hecho perder.
¡Poco á poco!, le respondió. ¿Y no sabe Dios y todo el mundo que todas vuestras facciones fueron temeridades, sin arte y sin consejo, todo arrojos? Y así os temieron más los enemigos como á un temerario, que como á un prudente capitán. Al fin peleasteis de mazada.
Más dijera aquél y más oyera éste, si el Mérito no le retirara, con otros muchos, diciéndoles:
Apartaos vos, señor, no os estrelle aquello de fugerunt, fugerunt, y á vos lo de pillare y pillare y más pillare. Pues á vos luego os echará en la cara aquello de las espaldas en tal y tal ocasión. Quitaos vos, no os vea con esa casaca tan otra de la de ayer, mudando cada día la suya y aun la ajena. Teneos allá, que os glosará á vos aquello de encorralar los españoles y hacerles morir más de hambre que de sangre. Retiraos todos.
Y viendo que no quedaba héroe con héroe y que llegaba á meter escrúpulos en una cosa tan delicada como la fama de tantos y tan insignes varones, vino á partidos con él y pactaron que volviese al mundo, acompañado de un par de famosos escritores, que examinasen de nuevo los autores de su renombre, los pregoneros de su fama, los que le habían celebrado de Cid moderno y Marte novel y que, si se hallasen constantes en lo dicho, al punto sería admitido, que así se había platicado con otros en caso de duda. Admitió el partido, como tan confiado. Llegaron, pues, á un cierto escritor, más celebrador que célebre, y preguntándole si eran de aquel general las alabanzas que en tal libro á tantas hojas había escrito, respondió:
Sí, suyas son, pues él las ha comprado.
Que así dijo el Jovio, después de haber acabado moros y cristianos, que, por cuanto ellos se lo pagaron bien, él había celebrado mejor. Lo mismo respondió un poeta.
Ved, decían, lo que se ha de creer de semejantes elogios y panegíricos. ¡Oh gran cosa la entereza y qué poco usada!
Haciéndole cargo á otro autor, de los de primera clase, de haber celebrado á éste, como á otros muchos, se escusó diciendo que no había hallado otros en su siglo á quienes poder alabar. Defendíase otro con decir:
Esta diferencia hay entre los que alabamos y los maldicientes, que nosotros lisonjeamos á los príncipes con premio y ellos al vulgo con civil aplauso; pero todos adulamos.