Hasta un abridor de planchas se escusó de haber metido su retrato entre los hombres insignes, diciendo que para hacer número y tener más ganancia. Con lo cual quedó el tal jefe confundido, aunque no del todo desengañado.
Observaron con harta admiración que para un togado, que entraba allá y ése con poco ruido, eran ciento los soldados.
Es muy plausible, decía el inmortal, el rumbo de la milicia: andan entre clarines y atambores; y los togados muy á la sorda. Y así veréis que obrará cosas grandes en mucho bien de la república un ministro, un consejero, y no será nombrado ni aun conocido ni se habla de ellos; pero un general hace mucho ruido con el boato de sus bombardas.
Abriéronse las inmortales puertas, para que entrase un cierto héroe, un primer ministro, que en su tiempo, no sólo no fué aplaudido, pero positivamente odiado. Mas fueron tales y tan exorbitantes las temeridades y desaciertos del que le sucedió, que acreditaron mucho su pacífico proceder y aun le hicieron deseado. Al entrar éste, salió una fragrancia tan extraordinaria, un olor tan celestial, que les confortó las cabezas y les dió alientos para desear y diligenciar la entrada en la inmortal estancia. Quedó por mucho rato bañado de tan suave fragrancia el hemisferio y decíales su inmortal:
¿De dónde pensáis que sale este tan precioso y regalado olor? ¿Acaso de los jardines de Chipre tan nombrados? ¿De los pensiles de Babilonia? ¿De los guantes de ámbar de los cortesanos? ¿De las cazoletas de los camarines? ¿De las lamparillas de aceite de jazmín? Que, no por cierto, no sale sino del sudor de los héroes, de la sobaquina de los mosqueteros, del aceite de los desvelados escritores. Y creedme que no fué encarecimiento ni lisonja, sino verdad cierta, que olía bien el sudor de Alejandro Magno.
Pretendieron algunos que bastaba dejar fama de sí en el mundo, aunque nunca fuese buena, contentándose con que se hablase de ellos bien ó mal. Pero declaróse que de ningún modo, porque hay grande diferencia de la inmortal fama á la eterna infamia. Y así gritaba el Mérito:
Desengáñoos, que aquí no entran sino los varones eminentes, cuyos hechos se apoyan en la Virtud, porque en el vicio no cabe cosa grande ni digna de eterno aplauso. Venga todo jayán; fuera todo pigmeo. No hay aquí mediocritas; todo va por estremos.
Reparó Critilo que, entrando allá de todas naciones, si bien de algunas pocos, no vieron de una en esta era entrar héroe alguno.
No es de admirar, dijo el peregrino. Porque la infame heregía los ha reducido á tal estremo de ciegos y de malvistos, que no se ven en ellos sino infames traiciones, abominables fierezas, inauditas monstruosidades, llegando á estar hoy sin Dios, sin ley y sin rey.
Pero aunque no hay rincón alguno en esta ilustre estancia, con todo eso repararon al abrir la una de las dos puertas que detrás de la otra estaban como corridos algunos célebres varones.