¿Que ésta es?, dijo Andrenio. ¡Cómo me alegro de verla! ¿Y es de acero?
¿Pues de qué había de ser?
Es que yo había oído decir que era de caña, por haber peleado contra indios, que esgrimían espadas de palo y vibraban lanzas de caña.
He, que la entereza de la fama, siempre venció la emulación. Digan lo que quisieren éstos y aquéllos, que ésta con su oro dió aceros á todas las de España y en virtud de ella han cortado las demás en Flandes y en Lombardía.
Vieron ya una tan nueva como lucida, atravesando tres coronas y amagando á otras.
¡Qué espada tan heroicamente coronada!, ponderó Critilo. ¿Y quién es el valeroso y dichoso dueño de ella?
El Señor
D. Juan
de Austria.
¿Quién ha de ser, sino el moderno Hércules, hijo del Júpiter de España, que va restaurando la monarquía, á corona por año?
¿Qué tridente es aquel, que en medio de las aguas está fulminando fuego?
Es del valeroso duque de Alburquerque, que quiere igualar por la valentía la fama de su gran padre, conseguida en Cataluña por gobierno.