Sí lo es, dijo el Valeroso, y que celaba bien con ella sus intentos el rey don Pedro de Aragón, de tal arte que, si su misma camisa llegara á rastrearlos, al punto la abrasara.

¿Qué casco es aquel tan capaz y tan fuerte?

Éste fué para una gran testa, no menos que del duque de Alba, hombre de superlativo juicio y que no se dejaba vencer, no sólo de los enemigos, pero ni de los suyos, como Pompeyo en dar la batalla al César contra su propio dictamen.

¿Es por dicha aquel relumbrante yelmo el de Mambrino?

Por lo impenetrable ya pudiera; fué de don Felipe de Silva, de cuya gran cabeza dijo el bravo mariscal de la Mota le daba más cuidado, que seguridad sus pies impedidos de la gota. Mira aquel morrión del marqués Espinola, qué defendido está con el guardanaso de su gran sagacidad, que con la misma verdad deslumbró la atención del vivaz Enrico Cuarto. Todas estas armas son para la cabeza y más de hombres sagaces, que de mancebos audaces; tan importantes, que por eso este archivo es llamado con especialidad el retrete del valor.

Aquí vieron muchas cartas hechas pedazos, esparcidas por el suelo y pisados sus caballos y sus reyes.

Ya me parece, dijo Andrenio, que te oigo exagerar una gran batalla, que aquí se dió, y la gran vitoria conseguida.

Por lo menos no me negarás, replicó el Valeroso, que hubo barajas. Que siempre se componen de espadas y oros y luego andan los palos. ¿No te parece que fué gran valor el de aquel, que, cogiendo entre sus dos manos una baraja, toda junta la tronchó de una vez?

Ése, respondió Andrenio, más parece efecto de las grandes fuerzas de don Gerónimo de Ayanzo, que de un heroico valor.

Por lo menos sería el día de su mayor ganancia, y ten por cierto que no hay valor igual, como escusar las barajas ni hay mejor salida de los empeños, que no empeñarse. ¿Quieres ver la mayor valentía del mundo? Llega y mira esas joyas, esas galas, esa bizarría pisada y hollada en ese duro suelo.