Éste, replicó Andrenio, parece aderezo mujeril. Pues ¿qué gran vitoria fué despojar una femenil flaqueza, triunfar de una bellísima ternura? ¿Qué arneses vemos aquí deshechos, qué yelmos abollados?
Belleza
triunfante.
Oh, sí, dijo, que esto fué triunfar de un mundo entero y retirarse al cielo la más aplaudida belleza de una Serenísima Señora Infanta, Sor Margarita de la Cruz, seguida después de Sor Dorotea, gloria mayor de Austria, que dejando de ser ángeles, pasaron á ser serafines en la religión de ellos. También son trofeo de un gran valor esas plumas de pavón esparcidas y estos airones de una altanera garza, penachos de su soberbia, ya despojos de una loca vanidad rendida.
Pero lo que más le satisfizo fué ver hecha pedazos una afilada guadaña.
Éste, sí, que es triunfo, exclamaron. ¡Que haya valor en un moro cristiano y en una reina María Estuarda, para despreciar la misma muerte!
Trataron ya de armarse los dos conquistadores del monte de Virtelia. Iban escogiendo armas valientes, espadas de luz y de verdad, que á fuer de eslabones fulminasen rayos; escudos impenetrables de sufrimiento, yelmos de prudencia, arneses de fortaleza invencible. Y sobre todo el cuerdamente Valeroso les revistió muchos y generosos corazones, que no hay mayor compañía en los aprietos. Viéndose Andrenio tan bien armado, dijo:
Ya no hay que temer.
Sólo lo malo, le respondió, y lo injusto.
Daba demostraciones de su gran gozo Critilo.
Con razón, le dijo, te alegras, pues, aunque concurran en un varón todas las demás ventajas de sabiduría, nobleza, gracia de las gentes, riqueza, amistad, inteligencia, si el valor no las acompaña, todas quedan estériles, frustradas. Sin valor nada vale, todo es sin fruto. Poco importa que el consejo dicte, la prudencia prevenga, si el valor no ejecuta. Por eso la sabia naturaleza dispuso que el corazón y el celebro en la formación del hombre comenzasen á la par, para que fuesen juntos el el pensar y el obrar.