Consuélase aquél de no estudiar y dice que no piensa cansarse, pues no se premian letras ni se estiman méritos.

Escúsase éste de no ser hombre de sustancia, diciendo que no hay quien lo sea. Todo está perdido, que no se usa la virtud; todos engañan, adulan, mienten, roban y viven de artificio. Y déjase arrebatar de la corriente de la maldad.

El juez se lava las manos de que no hace justicia, con que todo está rematado y no sabe por dónde comenzar. Así que todos aguardan á que amaine el ímpetu de los vicios, para pasarse á la banda de la virtud. Mas es tan imposible el cesar los males, el acabarse los escándalos en el mundo, mientras haya hombres, como el parar los ríos; lo acertado es poner el pecho al agua y con denodado valor pasar de la otra banda al puerto de una seguridad dichosa.

Peleando estaban ya los dos valerosos guerreros, que no es otra cosa la vida humana, que una milicia á la malicia, Milicia
contra malicia.
y á esto les habían tocado arma trecientos monstruos, causa deste rebato, que con los rayos de la razón descubrieron sus ardides; las atalayas en atenciones avisaron á los fuegos de su celo y éste al valor de ambos, que denodadamente los fueron persiguiendo y retirando, tanto, que llevados de su ardor en el alcance, se hallaron á las puertas de un hermosísimo palacio, primer fábrica del mundo, el más artificioso y bienlabrado, que jamás vieron, aunque habían admirado tantos. Ocupaba el centro de un ameno prado, con ambiciones de paraíso, de aquellos que no perdona el gusto. Su materia, aunque tierra, desmentida de los primores del arte, dejaba muy atrás la misma solar esfera. Obra al fin de grande artífice y fabricada para un príncipe grande.

¿Si sería éste, dijo Andrenio, el tan alabado alcázar de Virtelia? Que una cosa tan perfecta no puede ser estancia, sino de su grande perfección. Que tal suele ser el epiciclo, cual la estrella.

Oh, no, dijo Critilo, que éste está á los pies del monte y aquél sobre su cabeza, aquél se empina hasta el cielo y éste se roza con el abismo, aquél entre austeridades y éste entre delicias.

Esto ponderaban, cuando vieron asomar por su majestuosa puerta, al cabo de muchas varas de nariz, un hombrecillo de media, que viéndolos admirados, les dijo:

Yo no sé de qué; pues así como hay hombres de gran corazón y de gran pecho, yo lo soy de grandes narices.

Toda gran trompa, dijo Critilo, siempre fué para mí señal de grande trampa.

Varón sagaz.