Pasaron á la otra banda, y registraron las monstruosidades de la necedad, que eran otras tantas. Monstruos
de la necedad. Vieron que no osaba comer un camaleón por ahorrar, para que tragase después el puerco de su heredero. Un melancólico, pudriéndose del buen humor de los otros; muchos, que porfiaban sin estrella; él de todos, si no de sí mismo. Admiráronse de uno, que pretendía por mujer la que había muerto á su marido y él quería ser el marivenido. Un soldado, muriendo en un barranco, muy consolado de no gastar con médicos ni sacristanes. Un señor, que encomendaba á otros el mandar.
Estaba uno encendiendo fuego de canela para asar un rábano; un rico pretendiendo y un caduco enamorando. Aquí toparon con el de cien pleitos y un prelado huyendo dél, porque no le metiese pleito en la mitra. Vieron uno, que, habiéndole dicho fuese á descansar á su casa, se equivocó y se iba á la sepultura. Aquí estaba también el que hacía almohada del chapín de la Fortuna, y á su lado el que del cogote de la Ocasión pretendía hacerse la barba; el que llevaba descubiertas las perdices y no las vendía.
Íbase uno á la cárcel por otro. Pero el más aborrecido, era un hombre bajo, descortés. Estaba uno parando lazos á los raposos viejos y otro pasando del dar al pedir; el que compraba caro lo que era suyo; y estaba otro papando lisonjas de sus convidados, el juglar de las casas ajenas y en la suya cantimplora; el que decía que no es de príncipes el saber; el que todas las cosas hacía con eminencia, si no su empleo.
Entraba en el lugar del que vivía de necio el que moría de sabio; el que, pudiendo ser sol en su esfera, no era constelación en la ajena; el que fundía en balas sus doblones. Estaban dos, el uno jugando bien y siempre perdiendo, y el otro sin saberse dejar, ganando. Un presumido con cuatro letras garrafales y el que conociendo un temerario, le fiaba todo su ser. Y sobre todo, uno, que viviendo de burlas, se iba al infierno de veras.
Todas estas monstruosidades y otras más estaban admirando, cuando arrebató de nuevo su atención un monstruo, que, huyendo de un ángel, se iba tras un demonio ciego y perdido por él.
Ésta sí que es portentosa necedad, dijeron; nada son las pasadas.
Éste es, dijo el Sagaz, un hombre, que, teniendo una consorte que le dió Dios discreta, noble, rica, hermosa y virtuosa, anda perdido por otra, que le atrazó el diablo, por una moza de cántaro, por una vil y asquerosa ramera, por una fea, por una loca insufrible, con quien gasta lo que no tiene. Para su mujer no saca el honesto vestido y para la amiga la costosa gala. No halla un real para dar limosna y gasta con la ramera á millares. La hija trae desnuda y la amiga rozando lamas. ¡Oh, fiero monstruo, casado con hermosa y amancebado con fea!
Veréis que unos vicios, aunque destruyen la honra, dejan la hacienda. Consumen otros la hacienda y perdonan la salud. Pero este de la torpeza con todo acaba, honra, hacienda, salud y vida.
Torpe
monstruosidad.
Lado por lado estaban otros dos monstruos tan confinantes, cuan diferentes, para que campeasen más los estremos. El primero tenía más malos ojos que un bizco, siempre miraba de mal ojo. Si uno callaba, decía que era un necio; si hablaba, que un bachiller; si se humillaba, apocado; si se mesuraba, altivo; si sufrido, cobarde; y si áspero, furioso; si grave, le tenía por soberbio; si afable, por liviano; si liberal, por pródigo; si detenido, por avaro; si ajustado, por hipócrita; si desahogado, por profano; si modesto, por tosco; si cortés, por ligero. ¡Oh, maligno mirar!