¿Pues una mujer sin ella, cómo va atapada contra su natural inclinación de ser vistas?
Ahí verás que, cuando más descaradas, esconden la cara.
¡He, que será recato!
No es sino correr el velo á sus obligaciones. Ayer iba al contrario, tan escotada, que parece que descubriera más, si más pudiera. Siempre van por estremos.
Venía ya un monstruo muy humano, haciendo reverencias á los mismos lacayos, besando los pies aun á los mozos de cocina. Llamaba señoría á quien no merecía merced, á todo el mundo con la gorra en la mano, previniendo de una legua la cortesía. Á unos se ofrecía por su mayor afecto, á otros por su menor criado.
Ambición
cortés.
¡Qué monstruo tan comedido éste!, ponderaba Andrenio, ¡qué humano! No he visto monstruo humilde hasta hoy.
¡Qué bien lo entiendes!, dijo el Sátiro: no hay otro más soberbio. ¿No ves tú, que, cuanto más se abate, quiere subir más alto? Para poder mandar á los amos, se humilla á los criados. Estas reverencias hasta el suelo, son botes y rebotes de pelota, que da en tierra, para subir al aire de su vanidad.
Al fin, si es que las necedades le tienen, apareció ya la más rara figura, un monstruo, por lo viejo decano. Descubría la cabeza toda pelada, sin cabellos de altos pensamientos, ni negros por lo profundo ni blancos por lo cuerdo, sin un pelo de sustancia. Movíasele á un lado y á otro, sin consistencia alguna. Los ojos, en otro tiempo tan claros y perspicaces, ahora tan flacos y lagañosos, que no veían lo que más importaba y de lejos poco ó nada, para prevenir los males. Los oídos, algún día muy oidores, tan sordos y tan atapados, que no percibían la voz flaca del pobre, sino la del ricazo, la del poderoso, que hablan alto. La boca desierta, que no sólo no gritaba con la eficacia que debía; pero ni osaba hablar. Y si algo, entre los dientes, que no tenía. Las manos, antes grandes ministras y obradoras de grandes cosas, se veían gafas, un gancho en cada dedo, con que de todo se asían y nada soltaban. Los humildes y plebeyos pies, tan gotosos y torcidos, que no acertaban á dar un paso. De suerte que en todo él no había cosa buena ni parte sana. Él se dolía y todos se quejaban; pero nadie se lastimaba, ninguno trataba de poner remedio.
Seguíanle otros tres, altercando entre sí la tiranía universal de los mortales. Traía el primero cara de veneno dulce y era escollo de marfil, hermosa muerte, despeño deseado, engaño agradable, mujer fingida y sirena verdadera, loca, necia, atrevida, cruel, altiva y engañosa. Pedía, mandaba, presumía, violentaba, tiranizaba y antojábansele bravos desvaríos.