¿Qué cosa puede haber en el mundo, decía, que para mí no sea? Todo cuanto hay, al cabo se viene á reducir á mi gusto. Si se hurta, es para mí; si se mata, por mí; si se habla, es de mí; si se desea, es á mí; si se vive, conmigo; de suerte, que cuantas monstruosidades hay en el mundo...

La Carne.

Eso no concederé yo, dijo él mismo, tan bizarro como vano rico, pero necio; altivo, pero ruin. Todo cuanto hay y luce, todo es para mí, todo sirve á mi pompa y ostentación. Si el mercader roba, es para vivir en el mundo; si el caballero se empeña, es para cumplir con el mundo; si la mujer se engalana, es para parecer en el mundo. Todos los vicios dan treguas: el glotón se ahita, el deshonesto se enfada, el bebedor duerme, el cruel se cansa; pero la vanidad del mundo, nunca dice basta; siempre locura y más locura y no me enojéis, que lo daré todo al diablo.

El Mundo.

Aquí estoy yo, dijo éste, tomándolo todo, que no hay cosa, que no sea mía, por habérmela dado muchas veces.

En enojándose el marido, dice luego:

¡Mujer de Bercebú!

Y ella responde:

Hombre del diablo.

Llévete Satanás, dice la madre al hijo.