Célebre puente, como tan temida, daba paso á la gran ciudad, ilustre corte de la heroica Honoria, aquella plausible reina de la estimación, y por eso tan venerada de todos. La puente
de los Peros. Era un paso muy peligroso, por estar todo él sembrado de perinquinosos peros, en que muchos tropezaban y los más caían en el río del reir, quedando muy mojados y aun poniéndose de lodo, con mucha risa de la inumerable vulgaridad, que estaba á la mira de sus desaires.
Era de ponderar la intrepidez con que algunos confiados y otros presumidos se arrojaban y los más se despeñaban, anhelando á pasar de un extremo de bajeza á otro de ensalzamiento y tal vez de la mayor deshonra á la mayor grandeza, de lo negro á lo blanco y aun de lo amarillo á lo rojo, pero todos ellos caían con harta nota suya y risa de los sabidores.
Así le sucedió á uno, que pretendió pasar de villano á noble, otro de manchado á limpio, diciendo que tras el sábado, se sigue el domingo; pero él fué de guardar. No faltó quien del mandil á mandarín, de mozo de ciego á don Gonzalo y una otra muy desvanecida de la verdura al verdugado. Quería una pasar por doncella; más riéronse de su caída. Como otro, que quiso ser tenido por un pozo de ciencia y fué un pozo de cieno. El vulgar Sino. No había hombre, que no tropezase en su pero y para cada uno había un sino.
D. Fray Juan
Cebrián.
Gran príncipe tal, pero buen hombre. Ilustre prelado aquél, si fuera tan limosnero como nuestro arzobispo. Gran letrado, si no fuera malintencionado. ¡Qué valiente soldado!; pero gran ladrón. ¡Qué honrado caballero éste; sino que es pobre! ¡Qué docto aquél; si no fuera soberbio! Fulano santo, pero simple. Qué buen sujeto aquel otro y qué prudente; pero es embarazado. Muy bien entiende las materias; mas no tiene resolución. Diligente ministro; pero no es inteligente. Gran entendimiento; pero ¡qué malempleado! ¡Qué gran mujer aquélla; sino que se descuida! ¡Qué hermosa dama; si no fuera necia! Grandes prendas las de tal sujeto; pero ¡qué desdichado! Gran médico; poco afortunado: todos se le mueren. Lindo ingenio; pero sin juicio: no tiene sindéresis.
Así todos tropezaban en su pero. Raro era el que se escapaba y único el que pasaba sin mojarse. Topaba uno con un pero de un antepasado y, aunque tan pasado, nunca maduro, jamás se pudo digerir. El río de la risa. Al contrario, otro daba de hocicos en el de sus presentes y caían todos en el río de la risa común.
Bien lo merece, decía un émulo. ¿Quién le metía al peón en caballerías?
Lástima es, decía otro, que los de tal cepa no sean puros, siendo tan hombres de bien.
Las mujeres tropezaban en una chinita, en un diamante: terribles peros son las perlas para ellas. El airecillo las hacía bambanear y el donaire caer con mucha nota. Y es lo bueno que para levantarse nadie las daba la mano, sí de mano.
De verdad, que un gran personaje tropezó en una Mota, quedando muy desairado y aseguraban fué notable desorden.