Toda la puente estaba sembrada de cabo á cabo destos indigestos peros, en que los más de los viandantes tropezaban. Y si no en uno, daban de ojos en otro, aun en los pasados. Lamentábase un discreto, diciendo:

Señores, que tropiece uno en el propio y personal, merécelo; mas en el ajeno ¿por qué? Que haya de tropezar un marido en un cabello de su mujer, en un pelillo de su hermana, ¿qué ley es ésta?

Llegó uno jurando á fe de caballero, tan bueno, decía, como el rey. No faltó quien le arrojó una erre, con que de rey, se hizo de reir. Peros
arrojadizos.
Á un cierto Ruy, le echó un malicioso una tilde y bastó para que rodase. Tropezó otro en un cuarto y quedóse en blanco. Rodábales á algunos la cabeza y quedaban hechos equis, por haber deslizado en los brindis.

Comenzó á pasar cierta dama, muy airosa. Hiciéronla unos y otros paso con plausible cortesía; pero al más liviano descuido dió en el lodo con toda su bizarría, que fué barro.

Tropezaban las más en piedras preciosas y eran muy despreciadas. Llegó á pasar un gran príncipe y muy adulado.

Éste sí, dijeron todos, que pasará sin riesgo; no tiene que temer: los mismos peros le temerán á él.

Mas, ¡oh caso trágico! deslizó en una pluma y tumbó al río, quedando muy mojado. En una aguja de coser tropezó alguno y en una lezna otro y era título. En una pluma de gallina un bizarro general.

¿Pues qué, si alguno entraba cojeando y de mal pie? Era cierto el rodar y en duda de tropiezo estaba la malicia por la deshonra. Creyó uno no le valdría aquí su riqueza, que en todos los demás pasos, por peligrosos que sean, suele sacar á su dueño de trabajo; mas al primer paso se desengañó. Que no vale aquí ni la espuela de oro ni la vira de plata.

Cruel paso, decían todos, el de la honra, entre tropiezos de la malicia. ¡Oh qué delicada es la fama, pues una mota es ya nota!

Aquí llegaron nuestros dos peregrinos á serlo, encaminados de Virtelia á Honoria, su gran cara, aunque confinante, tan querida, que la llamaba su gozo y su corona. Deseaban pasar á su gran corte; pero temían con razón el azaroso paso de los peros y era preciso, porque no había otro.