Estaban pasmados viendo rodar á tantos y temblábales la barba, viendo las de sus vecinos tan remojadas. Asomó en esta sazón á querer pasar un ciego. Lección
de vivir. Levantaron todos el alarido, viéndole comenzar tentando, y tuvieron por cierto había de tumbar al primer paso; mas fué tan al contrario, que el ciego pasó muy derecho. Valióle el hacerse sordo. Porque, aunque unos y otros le silbaban y aun le señalaban con el dedo, él, como no veía ni oía, no se cuidaba de dichos ajenos, sino de obras propias y pasar adelante con gran quietud de ánimo. Y así sin tropezar ni en un átomo llegó al cabo de lo que quería, con dicha harto envidiada. Al punto dijo Critilo:
Este ciego ha de ser nuestra guía, que solos los ciegos, sordos y mudos pueden ya vivir en el mundo. Tomemos esta lición, seamos ciegos para los desdoros ajenos, mudos para no zaherirlos ni jactarnos, conciliando odio con la murmuración, en la recíproca venganza. Seamos sordos para no hacer caso de lo que dirán.
Con esta lición pudieron pasar. Por lo menos fueron pasaderos con admiración de muchos y imitación de pocos.
Entraron ya por aquel célebre emporio de la honra, poblado de majestuosos edificios, magníficos palacios, soberbias torres, arcos, pirámides y obeliscos, que cuestan mucho de erigir, pero después eternamente duran. Repararon luego que todos los tejados de las casas, hasta de los mismos palacios, eran de vidrio tan delicado como sencillo; muy brillantes, pero muy quebradizos, y así pocos se veían sanos y casi ninguno entero.
Descubrieron presto la causa y era un hombrecillo tan nonada, que aun de ruin jamás se veía harto. Tenía cara de pocos amigos y á todos la torcía, mal gesto y peor parecer, los ojos más asquerosos que los de un médico y sea de la cámara, brazos de acribador, que se queda con la basura, carrillos de catalán y aun más chupados, que no sólo no come á dos, pero á ninguno. De puro flaco consumido, aunque todo lo mordía. Robado de color y quitándola á todo lo bueno. Su hablar era zumbir de moscón, que en las más lindas manos, despreciando el nácar y la nieve, se asienta en el venino. Nariz de sátiro y aun más fisgona. Espalda doble, aliento insufrible, señal de entrañas gastadas. Tomaba de ojo todo lo bueno y hincaba el diente en todo lo malo. Él mismo se jactaba de tener mala vista y decía:
Maldito lo que veo.
Y miraba á todos.
Éste, pues, que por no tener cosa buena en sí todo lo hallaba malo en los otros, había tomado por gusto el dar disgusto. Andábase todo el día, y no santo, tirando peros y piedras y escondiendo la mano, sin perdonar tejado. Persuadíase cada uno que su vecino se las tiraba y arrojábale otras tantas. Éste creía que le hacía el tiro aquél y aquél que el otro, sospechando unos de otros y tirándose piedras y escondiendo todos la mano. Murmuración
común. En duda arrojaban muchas por acertar con alguna y todo era confusión y popular pedrisco, de tal modo ó tan sin él, que no se podía vivir ni había quien pudiese parar. Venían por el aire volando piedras y tiros, sin saberse de dónde ni por qué. Así que no quedaba tejado sano ni honra segura ni vida inculpable. Todo era malas voces, hablillas, famas echadizas y los duendes de los chismes no paraban.
Yo no lo creo, decía uno; pero esto dicen de fulano.
Lástima es, decía otro, que de fulana se diga esto.