Y con esta capa de compasión hacía un tiro, que quebraba todo un tejado. Pero no faltaba quien de retorno les rompía á ellos las cabezas. Y á todo esto andaba revolviendo el mundo aquel duendecillo universal.

Había tomado otro más perjudicial de porte y era arrojar á los rostros, en vez de piedras, carbones, que tiznaban feamente, y así andaban casi todos mascarados, haciendo ridículas visiones, uno con un tizne en la frente, otro en la mejilla, y tal, que le cruzaba la cara, Ninguno
se conoce.
riéndose unos de otros, sin mirarse á sí mismos ni advertir cada uno su fealdad, sino la ajena. Era de ver y aun de reir cómo todos andaban tiznados, haciendo burla unos de otros.

¿No veis, decía uno, qué mancha tan fea tiene fulano en su linaje? ¡Y que ose hablar de los otros!

Pues él, decía otro, ¡que no vea su infamia tan notoria y se meta á hablar de las ajenas! ¡Que no haya ninguno con honra en su lengua!

Mirá quién habla, saltaba otro, teniendo la mujer que tiene. Cuánto mejor fuera cuidara él de su casa y supiera de dónde sale la gala.

Estando diciendo esto, estaba actualmente otro santiguándose:

¡Que éste no advierta que tiene él por qué callar, teniendo una hermana cual sabemos!

Pero déste, añadía otro, harto mejor fuera que se acordara él de su abuelo y quién fué. Siempre lo veréis que hablan más los que debrían menos.

¡Hay tal desvergüenza en el mundo, que ose hablar aquél!

¡Hay tal descoco de mujer, que se adelante ella á decir y quitarla á la otra la palabra de la lengua!