Desta suerte andaba el juego y la risa de todo el mundo, que siempre la mitad dél se está riendo de la otra, burlándose unos de otros y todos mascarados. Éstos se fisgaban de aquéllos y aquéllos déstos y todo era risa, ignorancia, murmuración, desprecio, presunción y necedad y triunfaba el ruincillo.
Espejo
práctico.
Reparaban algunos más advertidos, si no más felices, en que se reían dellos y acudían á una fuente, espejo común en medio de una plaza, á examinarse de rostro en sus cristales y, reconociendo sus tiznes, alargaban la mano al agua, que, después de haber avisado del defeto, da el remedio y limpia. Pero, cuanto más porfiaban en lavarse y alabarse, peores se ponían, pues, enfadados los otros de su afectado desvanecimiento, decían:
¿No es éste aquel, que vendía y compraba? ¿Pues qué nos viene aquí vendiendo honras?
Aguarda ¿no es aquél hijo de aquel otro? ¿Pues por cuatro reales, que tiene, anda tan deslavado, no siendo su hidalguía tanto al uso, cuanto al aspa?
Lo peor era que la misma agua clara sacaba á luz muchas manchas, que estaban ya olvidadas. Y así, á uno, que trató de alabarse de ingénuo, le salió una ese, que era decir:
Ése es ése.
Yo lo sé de buena tinta, decía uno, que fulano es un tal.
Y no era sino harto mala, pues echaba tales borrones.
Sentía mucho cierta señora, que blasonaba de la más roja sangre del reino, se le atreviese la murmuración y no advertía que la mancha de un descuido sale más en el brocado, como la roncha en la belleza.