Estaba otra muy corrida de que siendo ya matrona la echaban en la cara no sé qué niñería de allá cuando rapaza.
Estaba el otro para conseguir una dignidad y salíale al rostro un tizne de no sé qué travesura de su mocedad.
Pero el que se sintió mucho fué un príncipe, en cuya esclarecida frente echó un historiador un borrón, sacudiendo la pluma.
Aquello de haber sido no podía uno tolerar. Que el ser ahora salga á la cara, pase; ¡pero por qué allá mi tartarabuelo lo fué!
¿Qué razón hay, que por lo que pasó en tiempo del rey que rabió, ponderaba otro, me hagan á mí rabiar?
Lo más acertado era callar y callemos y no alabarse. Porque de los blasones de las armas hacían los otros baldones. Y aun desde que dieron en lavarse en la fuente de la presunción y desvanecimiento, les salieron más manchas á la cara. Y unos otros se daban en rostro con las fealdades de allá de mil años. Ninguno
sin crimen. Y fué de suerte, digo desdicha, que no quedó rostro sin lunar, ojo sin lagaña, lengua sin pelo, frente sin arruga, mano sin berruga, pie sin callo, espalda sin giba, cuello sin papera, pecho sin tos, nariz sin romadizo, uña sin enemigo, niña sin nube, cabeza sin remolino, ni pelo sin repelo. En todos había algo, que señalase con el dedo aquel malsín y de que se recelasen los otros. Y aun todos iban huyendo dél, diciendo á voces:
¡Guarda el ruincillo, guarda el maldiciente!
¡Oh maldita lengua!
Momo
descubierto.
Conocieron con esto que era Momo y huyeran también, si no les emprendiera él mismo, preguntándoles: ¿qué buscan? Que parecían extraños en lo perdido.