Hasta la recatada doncellita se conservaba en el jardín de su retiro, diciendo:
¿Yo, que soy una fragante flor, había de dar tan mal fruto? ¿Yo, siendo una rosa, ser risa del mundo? ¿Yo ver ni ser vista? ¿Yo, por hablar, dar qué decir? De eso me guardaré yo muy bien.
¿Qué dirán, decía la viuda, que á muerto marido, amigo venido, que del riego de mi llanto nace el verde de mis gustos, que tan presto trueco el requiem en aleluya?
No dirán tal, decía el soldado, que yo me calce botas de fuina. ¿Qué dirán de un español, que entre galos soy gallina?
¿Qué dirían de un hombre de mis prendas, decía el sabio, que de alumno de Minerva me hago vil esclavo de Venus?
¿Qué dirán los mozos?, decía el viejo, y ¿qué dirán los viejos?, decía el mozo.
¿Qué dirán los vecinos?, decía el hombre de bien.
Y con esto todos se recataban.
¿Qué dirían mis émulos?, decía el cuerdo, ¿qué buen día para ellos y qué mala noche para mí?
¿Qué dirían los súbditos?, decía el superior, y ¿qué diría el superior?, decían los súbditos.