¡Oh plausible Enciclopedia, que á ti se reduce todo el plático saber! Tu mismo nombre de humanidad dice cuán digna eres del hombre. Con razón los entendidos te dieron el apellido de las Buenas Letras, que entre todas las Artes tú te nombras en pluralidad la buena.

Pero ya Bártulo y Baldo comenzaron á alegar por la Jurisprudencia, acotando entre los dos docientos textos con memoriosa ostentación. Probaron con evidencia que ella había hallado aquel maravilloso secreto de juntar honra y provecho, levantando los hombres á las mayores dignidades, hasta la suprema.

Riéronse desto Hipócrates y Galeno, diciendo:

Señores míos, aquí no va menos que la vida. ¿Qué vale todo sin salud? Y el complutense Pedro García, que desmintió lo vulgar de su renombre con su fama, ponderaba mucho aquel haber encargado el divino Sabio el honrar los médicos, no los letrados ni los poetas.

Aquí de la Honra y de la Fama, blasonaba un historiador. Esto sí que es dar vida y hacer inmortales las personas.

He, que para el gusto no hay cosa como la Poesía, glosaba un poeta. Bien concederé yo que la Jurisprudencia se ha alzado con la honra, la Medicina con el provecho; pero lo gustoso, lo deleitable quédese para los canoros cisnes.

¿Pues qué y la Astrología, decía un matemático, no ha de tener estrella, cuando se carea con todas y se roza con el mismo sol?

He, que para vivir y para valer, decía un ateísta, digo un estadista, á la Política me atengo. Ésta es la ciencia de los príncipes y así ella es la princesa de las ciencias.

Desta suerte corría la pretensión á todo discurrir, cuando el gran canceller de las letras, digno presidente de la docta academia, oídas las partes y bien ponderadas sus eficacísimas razones, dió muestras de pronunciar sentencia. Calmó en un punto el confuso murmullo y fué tanta la atención, cuanta la expectación. Allí se vió todo pedante sacar cuello de cigüeña, plantar de grulla, atisbar de mochuelo y parar oreja de liebre. En medio de tan antonina suspensión, que ni una mosca se oía, desabrochando el pecho el severo presidente, sacó del seno un libro enano, no tomo, sino átomo, de pocas más que doce hojas, y levantándole en alto á toda ostentación, dijo:

Práctico
saber.