Ésta sí que es la corona del saber, ésta la ciencia de ciencias, ésta la brújula de los entendidos.

Estaban todos suspensos admirándose y mirándose unos á otros, deseosos de saber qué arte fuese aquélla, que según parecía no se parecía y dudaban del desempeño. Volvió él segunda vez á exagerar:

Éste sí que es el plático saber, ésta la arte de todo discreto, la que da pies y manos y aun hace espaldas á un hombre. Ésta la que del polvo de la tierra levanta un pigmeo al trono del mando. Cedan las Auténticas del César, retírense los Aforismos del médico, llamados así, ya por lo desaforado, ya porque echan fuera del mundo á todo viviente. ¡Oh qué lición ésta del valer y del medrar! Ni la política ni la filosofía ni todas juntas alcanzan lo que ésta con sola una letra.

Crecía á varas el deseo con tanta exageración y más por extrañarse en la boca de un atento.

Finalmente, dijo, este librito de oro fué parto noble de aquel célebre gramático, prodigioso desvelo de Luis Vives y se intitula: De Conscribendis epistolis; Arte de escribir...

No pudo acabar de pronunciar cartas, porque fué tal la risa de todo aquel erudito teatro, tanta la tempestad de carcajadas, que no pudo en mucho rato tomar la vez ni la voz para desempeñarse. Volvía ya á esconder el librillo en el seno con tal severidad, que bastó á serenarlos, y muy compuesto les dijo:

Mucho he sentido el veros hoy tan vulgarizantes. Sólo puede ser satisfación el reconoceros desengañados. Dictar
una Carta.
Advertí que no hay otro saber en el mundo todo, como el saber escribir una carta. Y quien quisiere mandar, platique aquel importante aforismo: Qui vult regnare, scribat, quien quiere reinar, escriba.

Este ponderativo suceso les refirió un ni persona ni aun hombre, sino sombra de hombre, rara visión y al cabo nada. Porque ni tenía mano en cosa ni voz ni espaldas ni piernas que hacer ni podía hombrear ni en toda su vida se vió hecha la barba. Tanto, que admirado Andrenio, le preguntó:

¿Eres ó no eres? Y si eres, ¿de qué vives?

Yo, dijo, soy sombra y así siempre ando á sombra de tejado. Y no te espantes, que los más en el mundo no nacieron más que para ser sombras de la pintura, no luces ni realces. Porque un hermano segundo ¿qué otra cosa es sino sombra del mayorazgo? El que nació para servir, el que imita, el que se deja llevar, el que no tiene sí ni no, el que no tiene voto proprio, cualquiera que depende ¿qué son todos, sino sombras de otros? Creedme, que los más son sombras. Que aquéllos las hacen y éstos les siguen. La ventura consiste en arrimarse á buen árbol, para no ser sombra de un espino, de un alcornoque, de un quejigo. Por eso yo voy en busca de algún gran hombre, para ser sombra suya y poder mandar el mundo.