¿Tú, replicó Andrenio, mandar?
Sí, pues muchos, que fueron menos y aun nada, hay llegado á mandarlo todo. Yo sé que me veréis bien presto entronizado. Dejá que lleguemos á la corte: que, si ahora soy sombra, algún día seré asombro. Vamos allá y allí veréis la honra del mundo en el ínclito, justo y valeroso Ferdinando Augusto. Honra y virtud. Él es la honra de nuestro siglo, la otra columna del non plus ultra de la fe, trono de la justicia, basa de la fortaleza y centro de toda virtud. Y creedme que no hay otra honra, sino la que se apoya en la virtud; que en el vicio no puede haber cosa grande.
Alegráronse mucho ambos peregrinos, viendo se acercaban á aquella ciudad, estancia de su buscada prenda y término de su felicidad deseada.
Corte de Cortes.
Vieron ya campear en la superioridad de la más alta eminencia una imperial ciudad, la primera que los solares rayos coronan. Fuéronse acercando y admirando un número sin cuenta de gentes, anhelando todos en su falda por subir á su corona. Para más satisfacerse ambos peregrinos, preguntaron si era aquella la corte.
¿Pues no se da bien á conocer, les respondieron, en la muchedumbre de impertinentes? Ésta es la corte y aun todas las cortes en ella. Éste es el trono del mando, donde todos revientan por subir y así llegan reventados, unos á ser primeros, otros á ser segundos y ninguno á ser postrero.
Vieron que echaban algunos, bien pocos, por el rodeo de los méritos; mas era un acabar de nunca acabar. El más manual, más que el de las letras, del valor y virtud, era el del oro; pero la dificultad consistía en fabricarse escala. Que de ordinario los más beneméritos suelen ser los más imposibilitados. Echáronle á uno por favor, más que por elección, una escala de lo alto y él, en estando arriba, la retiró, porque ningún otro subiese. Al contrario, otro arrojó desde abajo un gancho de oro y enganchóse en las manos de dos ó tres, que estaban arriba, con que pudo trepar ligero. Volatines
de la ambición. Y déstos había raros volatines de la ambición, que por maromas de oro volaban ligerísimos. Estaba votando uno y blasfemando.
¿Qué tiene éste?, preguntó Andrenio.
Y respondiéronle:
Echa votos, por los que le han faltado.