Lo que más admiraron fué que, siendo la subida muy resbaladiza y llena de deslizaderos, llegó uno y comenzó á untarlos con un unto, que en lo blanco parecía jabón y en lo brillante plata.
¡Hay más calificada necedad!, decía.
Pero él Asombrado:
Aguardá, dijo, y veréis el maravilloso efeto.
Fuélo harto, pues en virtud desta diligencia pudo subir con ligereza y seguridad, sin amagar el menor vaivén.
Untar para
no resbalar.
¡Oh gran secreto, exclamó Critilo, untar las manos á otros, para que no se le deslicen á él los pies!
Ostentaban algunos prolijas barbas, torrentes de la autoridad, que, cuando más afectan ciencia, descubren mayor legalidad.
¿Por qué éstos, preguntó Andrenio, no se hacen la barba? ¡Oh, respondió el Asombrado, porque se la hagan!
Reconocieron uno, que parecía necio y realmente lo era, según aquel constante aforismo, que son tontos todos los que lo parecen y la mitad de los que no lo parecen. Y con ser incapaz, había muchos entendidos, que le ayudaban á subir y lo diligenciaban por todas las vías posibles, no cesando de acreditarle de hombre de gran testa, contra todo su dictamen, de gran valor y muy cabal para cualquier empleo.