¿Qué pretenden estos sabios, reparó Critilo, con favorecer á este tonto, procurando con tantas veras entronizarle?
¡Oh!, dijo el Asombro, ya espanto, ¿no veis que, si éste sube una vez al mando, que ellos le han de mandar á él? Es testa de ferro, en quien afianzan ellos el tenerlo todo á su mano. ¡Oh lo que valía aquí una onza de pía afición y un amigo un Perú, sobre todo, un pariente, aunque sea cuñado! Porque decían:
¡De los tuyos hayas!
Mas Critilo, anteviendo tantas y tan inaccesibles dificultades, trataba de retirarse, consolándose á lo zorro de los racimos y diciendo:
He, que el mandar, aunque es empleo de hombres, pero no felicidad. Y cierto, ponderaba, que para gobernar locos es menester gran seso y para regir necios, gran saber. Yo renuncio á los cargos por sus cargas.
Y encogiendo los hombros, volvía las espaldas. Detúvole el Asombro con aquella paradoja sentencia, para unos de vida y de muerte para otros:
Monarca
ó loco.
Que un hombre había de nacer ó rey ó loco; no hay medio, ó César ó nada. ¿Qué sabio, decía, puede vivir sujeto á otro y más á un necio? Más le vale ser loco, no tanto para no sentir los desprecios, cuanto para dar luego en rey de imaginación y mandar de fantasía. Yo, con ser sombra, no me tengo por desahuciado de llegar al mando.
¿Pues en qué confías?, dijo Andrenio.
Cuando se oyó una voz, que desde lo más alto decía: