Allá va, allá va.

Estaban todos suspensos en expectación de qué vendría, cuando vieron caer á los pies de la Sombra unas espaldas de hombre y muy hombre, fuertes hombros y trabadas costillas.

Asegundó el grito:

Allá van.

Y cayeron dos manos con sus brazos tan rollizos, que parecía cada uno un brazo de hierro. Desta suerte fueron cayendo todas las prendas de un varón grande. Estaban los circunstantes atónitos de ver el suelo poblado de humanos miembros; mas la Sombra los fué recogiendo todos y revistiéndoselos de uno en uno, con que quedó muy persona, hombre de poder y valer. Y el que antes parecía nada y podía nada y era tenido en nada, se mostró ahora un tan estirado gigante, que todo lo podía. De modo que uno le hizo espaldas, otro la barba. No faltó quien le dió la mano ni quien le fuese pies. Conque pudo hacer piernas y hombrear. Hasta entendimiento tuvo quien le diese. En viéndose hombre, trató de subirse á mayores y pudo y aun prestar favor á sus camaradas, á quienes hizo espaldas para su mayor ascenso.

La fuente
del olvido.

Toparon en la primera grada del medrar una fuente rara, donde todos se prevenían para la gran sed de la ambición y causaba contrarios efectos. Uno de los más notables era un olvido tan estraño de todo lo pasado, que no sólo se olvidaban de los amigos y conocidos de antes, causándoles increíble pesadumbre ver testigos de su antigua bajeza; pero de sus mismos hermanos. Y aun hubo hombre tan bárbaramente soberbio, que desconoció el padre, que le engendró, borrando de su memoria todas las obligaciones pasadas, los beneficios recibidos, favoreciendo hechuras nuevas, queriendo antes ser acreedores, que obligados. Más estimaban fiar, que pagar. Pero ¿qué mucho, si llegaron los más á olvidarse de sí mismos y de lo que habían sido, de aquellos principios de charcos, en viéndose en alta mar, y de todo cuanto les pudiera acordar su basura, obligándoles á deshacer la rueda? Infundía una ingratitud increíble, una tesura enfadosísima, una estrañez notable y al fin mudaba un entronizado totalmente, dejándole como elevado, que ni él se conocía ni los otros le acababan de conocer. ¡Tanto mudan las honras las costumbres!

Llegaron á lo alto en ocasión, que todos andaban turbados y la corte alborotada, por haber desaparecido uno de los mayores monarcas de la Europa y, habiéndole buscado por cien partes, no le podían descubrir. Sospechaban algunos se habría perdido en la caza: que no sería el primero. Que en casa de algún villano habría hecho noche, despertando de su gran sueño y cenando desengaños el que tan ayuno vivía de verdades. Príncipe
de Estrella.
Mas llegó el día y no pareció. Era grande y general el sentimiento, porque era amado de todos por sus grandes prendas, príncipe de estrella, que no es poco. No quedó Yuste, San Dionís, Casa de Campo, bosque ni jardín, donde no le buscasen. Hasta que finalmente le hallaron donde menos pensaban ni pudiera imaginarse, pues en un mercado, entre los ganapanes y esportilleros, vestido como uno dellos, porteando tercios y alquilando sus hombros por un real. Quedaron atónitos de verle tan trocado, comiendo un pedazo de pan con más gusto que en su palacio los faisanes. Estuvieron por un gran rato suspensos, sin acertar á decir palabra, no acabando de creer lo que veían. Quejáronsele con el debido sentimiento de que hubiese dejado su real trono y se hubiese abatido á un empleo tan soez. Mas él les respondió:

En mi palabra, que es menos pesada la mayor carga déstas, aunque sea de muchas arrobas de plomo, que la que he dejado. El tercio más cantioso me parece una paja, respeto de un mundo acuestas y que me lo han agradecido mis hombros. ¿Qué cama de brocado como este suelo, sin cuidados, donde he dormido más estas cuatro noches, que en toda mi vida?

Suplicábanle volviese á su grandeza; mas él: