Llegó á vestirse la rica y vistosa púrpura y, hallándola forrada, no en martas de piedad, sino en erizos de pena, vestíasela algo holgada. Mas diciéndole el maestro de ceremonias se la había de ceñir de modo, que quedase bien ajustada, comenzó á suspirar por un pellico. Pusiéronle el cetro en la mano y fué tal el peso, que preguntó si era remo, temiendo más tempestades, que en el golfo de León. Era cuanto más precioso más pesado y tenía por remate, no las hojas de una flor, sino los ojos en frutos: un ojo muy vigilante, que valía por muchos. Preguntó qué significaba y el gran Canceller le dijo:
Cetros con ojos.
Está haciéndoos del ojo y diciendo: Sire, ojo á Dios y á los hombres, ojo á la adulación y á la entereza, ojo á conservar la paz y acabar la guerra, ojo al premio de los unos y al apremio de los otros, ojo á los que están lejos y más á los que están cerca, ojo al rico y oreja al pobre, ojo á todo y á todas partes. Mirad al cielo y á la tierra, mirad por vos y por vuestros vasallos. Todo esto y mucho más está avisando este ojo tan dispierto. Y advertí que, si tiene ojos el cetro, también tiene alma, como lo experimentaréis, tirando de la parte inferior.
Cetros con alma.
Ejecutólo y desenvainó un acicalado estoque: que es la justicia el alma del reinar. Leyéronle las leyes y pensiones de su cargo, que decían, la primera, no ser suyo, sino de todos; no tener hora propria, todas ajenas; ser esclavo común, no tener amigo personal, no oir verdades, lo que sintió mucho; haber de dar gusto á todos, contentar á Dios y á los hombres, morir en pie y despachando.
Basta, dijo, que yo también me acojo al sagrado de la libertad y desde ahora renuncio una corona, que se llamó así del corazón y sus cuidados, una púrpura felpada de cambrones, un cetro, remo y un trono, potro de dar tormento.
Acercósele un monstruo ó ministro y díjole al oído que tratase de tomar los cargos y no las cargas.
Reine, decía su madre, aunque me cueste la vida.
Tocaron á aplauso los coribantes, embelesándole con ruidosa pompa, en que salió cortejado de la noble bizarría y aclamado de la populosa vulgaridad. En medio della estaba Andrenio, ponderando la majestuosa felicidad del nuevo príncipe, cuando un estremado varón, llegándose á él, le dijo:
¿Crees tú que éste, que ves, es el príncipe que manda?