¿Cuál, pues, si éste no?, respondió Andrenio.

Y él:

¡Oh cómo te engañas de barra á barra!

Y mostrándole un esclavo vil con su argolla al cuello, cadena al pie, arrastrando un grande globo:

Éste es, le dijo, el que manda el mundo.

Túvolo ó por necedad ó por chiste y comenzóle á solemnizar.

Mas él se fué desempeñando á toda seriedad:

Porque mira, le dijo, aquella gran bola de hierros, ¿qué puede ser, sino el mundo, que él le trae al retortero? ¿Ves aquellos eslabones? Pues aquélla es la dependencia, aquel primero es el príncipe; aunque tal vez, sacando bien la cuenta, es el tercero, el quinto y tal vez el décimotercio. El segundo es un favorecido. Á éste le manda su mujer. Ella tiene un hijuelo en quien idolatra. El niño está aficionado á un esclavo, que pide al rapaz lo que se le antoja. Éste llora á su madre, ella importuna á su esposo, él aconseja al príncipe, que decreta de suerte que de eslabón en eslabón viene el mundo á andar rodando entre los pies de un esclavo, errado de sus pasiones.

Pasó el triunfo, que de todo triunfa el tiempo, y guiándoles el Varón de estremos, haciéndolos, llegaron á una gran plaza, donde cuatro ó seis personajes muy ahorrados, sin ahorrarse con ninguno y aforrándose de todos, estaban jugando á la pelota. Éste la arrojaba á aquél y aquél al otro, hasta que volvía al primero, pasando círculo político, que es el más vicioso, rodando siempre entre unos mismos, sin salir jamás de sus manos. Todos los demás estaban mirando, que no hacían otro que ver jugar. Reparó Critilo y dijo:

Ésta parece la pelota del mundo entre cuero y viento ó borra.