MANFREDO.

Anciano, ninguna cosa puede arrancar del corazon el vivo sentimiento de sus crimenes, de sus penas, y del castigo que se inflige a si mismo: nada: ni la piedad de los ministros del cielo, ni las oraciones, ni la penitencia, ni un semblante contrito, ni el ayuno, ni las zozobras, ni los tormentos de aquella desesperacion profunda que nos persigue por medio de los remordimientos sin amedrantarnos con el infierno, pero que el solo bastaria para hacer un infierno del cielo. No hay ningun tormento venidero que pueda ejercer semejante justicia sobre aquel que se condena y se castiga a si mismo.

EL ABAD.

Estos sentimientos son laudables, porque algun dia haran lugar a una esperanza mas dulce. Vos os atrevereis a mirar con una tierna confianza la dichosa morada que esta abierta a todos aquellos que la buscan, cualesquiera que hayan sido sus yerros sobre la tierra; pero para espiarlos es preciso empezar por conocer la necesidad de ejecutarlo. Proseguid conde Manfredo … todo lo que nuestra fe podra saber se os ensenara y quedareis lavado de todo lo que pudiesemos absolveros.

MANFREDO

Cuando el sesto emperador de Roma vio llegar su ultima hora, victima de una herida que se habia hecho con su propia mano a fin de evitar la vergueenza del suplicio que le preparaba un senado que antes era su esclavo un soldado conmovido en apariencia de una generosa piedad, quiso estancar con su vestido la sangre del emperador: el Romano espirando no lo permite y le dice con una mirada que manifestaba todavia su antiguo poder: iEs demasiado tarde! ?es esta tu fidelidad?

EL ABAD.

?Que quereis decir con esto?

MANFREDO.

Respondo como el, es demasiado tarde.