Campon tranquilo vivía
Bajo del paterno techo:
Ciñóse al punto su espada,
Montó un veloz parejero,
Y voló do le llamaban
De la corneta los ecos.
Ni le detuvo el peligro,
Ni el triste llanto materno,
Ni del amor las dulzuras,
Ni del dolor los lamentos:
Solo escuchó al patriotismo
Que atesoraba en su pecho.
III
A la orilla de un arroyo
Se vén veinte coraceros
Dispersados en guerrilla
Sobre caballos lijeros;
Se ven al frente asomar
Bajo los talas y seibos
Que baña Santa Lucía
Míl y quinientos guerreros;
Y el denodado Campon
Mandando los coraceros
Con firmeza les repite:
«Antes que rendirse... ¡fuégo!»
Lanzando grito salvaje
Viene la tropa de siervos,
Como una nube de polvo
O una bandada de cuervos.
Campon, cual muro de bronce
El choque espera sereno,
Y á sus valientes soldados
Manda hacer continuo fuego,
Y cuando balas no tuvo
Dijo la espada blandiendo:
«La carabina á la espalda
«Sable en mano, coraceros!»
IV
Santander con su Escuadron
Se lanza en el entrevero;
Cuadra, ¡A la carga! ¡á la carga!
Repite con voz de trueno:
Sigue Blanco con sus bravos
Montados en moros negros.
Por su valor y su arrojo
Es conocido el primero,
Y se distingue el segundo
Por su semblante sereno:
La calva frente de Blanco
Es de su alma fiel espejo,
Pues se retratan en ella
La honradez y el ardimiento.
Trescientos hombres le siguen
Cargando al son de degüello,
En proteccion de los bravos
Que lidiando como héroes,
Mas que hombres de hueso y carne
Parecen hombres de hierro!
Ni les intimida el número,
Ni el morir les causa miedo;
Con sables hechos pedazos
Sus ojos despiden fuego,
Está abollado el morrion
Y sangre vierten sus miembros,
Ruge el plomo en sus cabezas
Y retiembla el pavimento;
Pero ellos imperturbables
En medio del entrevero,
Sueltan la rienda al caballo,
Descargan golpes tremendos;
Y ante su diestra valiente
Llenos de susto los siervos,
Bajan la mústia cabeza,
Abren un ancho sendero;
Y allí donde el clarin
Resuenan los tristes ecos
Llenos de sangre y de polvo
Júntanse los coraceros.
Blanco, que fué rechazado
En el encuentro primero,
Al frente del enemigo
Organiza los dispersos,
Hace tocar á la carga
Y otra vez los lleva al fuego.
V
Campon y Alberdi entretanto
De los esclavos en medio,
Abandonados se miran
Del hombre, no de su aliento.
De su alarido de guerra
Retumba el éco á lo lejos;
Al galopar sus corceles
Con fragor retumba el suelo;
Sobre sus negras corazas
Rechina el fúlgido acero,
Los sables cubren la luz
Sobre sus cráneos sangrientos.
Heróicamente lidiaron,
Cien heridas recibieron,
Y clamando—¡Libertad!
Al suelo cayeron muertos.
Y la divina corona
Que la Patria dá al guerrero,
Sobre sus frentes marchitas
Se vió caer desde el cielo.
Blanco á la carga conduce
A sus valientes de nuevo,
Pero al querer batallar
Todos se miran envueltos,
Y cual las hojas de otoño
Por la campaña dispersos.
En vano el buen coronel
Levanta su voz de trueno,
Abandonado y sin gente
Solo le ampara su acero.
VI
En la inmediata cuchilla
Un relámpago de fuego
Brilló, rugiendo con furia
Del cañon el ronco trueno.
Nuñez avanza atrevido
Con setecientos guerreros,
Blandiendo lanza potente,
Montando un tordillo negro.
Es imponente su marcha,
Y por su rostro moreno
El entusiasmo asomaba
Como en la noche un reflejo.
Al marchar de sus campeones,
Al relumbrar de sus hierros,
Y al tremolar su estandarte
Los enemigos huyeron.
Los libres en vez de rostros
Espaldas tan solo vieron.