IV
EL CABALLO DEL GAUCHO

Mi caballo era mi vida,
Mi bien, mi único tesoro.
Juan M. Gutierrez.

Mi caballo era ligero
Como la luz del lucero
Que corre al amanecer;
Cuando al galope partia
Al instante se veia
En los espacios perder.
Sus ojos eran estrellas,
Sus patas unas centellas,
Que daban chispas y luz:
Cuanto su ojo divisaba
En su carrera alcanzaba,
Fuese tigre ó avestruz.
Cuando tendia mi brazo
Para revolear el lazo
Sobre algun toro feroz,
Si el toro nos embestia,
Al fiero animal tendia
De una pechada veloz.
En la guardia de frontera
Paraba oreja agorera
Del indio al sordo tropel,
Y con relincho sonoro
Daba el alerta mi moro
Como centinela fiel.
En medio de la pelea,
Donde el coraje campea,
Se lanzaba con ardor;
Y su estridente bufido
Cual del clarin el sonido
Daba al ginete valor.
A mi lado ha envejecido,
Y hoy está cual yo rendido
Por la fatiga y la edad;
Pero es mi sombra en verano,
Y mi brújula en el llano,
Mi amigo en la soledad.
Ya no vamos de carrera
Por la estendida pradera,
Pues somos viejos los dos.
¡Oh mi moro! quiera el cielo
Caigamos juntos al suelo
Al decir al mundo A dios!

V
LA REVOLUCION DEL SUD
I
Á BUENOS AIRES

«El cuello atado á la servil cadena
«Del tirano postrándose á los piés,
«Buenos Aires esclava y miserable
«Ya no es el pueblo de ochocientos diez.»
Oh Patria! así decian, y entre tanto
Tú oias esas voces con desden,
Esperando mostrar con grandes hechos
Que eras el pueblo de ochocientos diez.
La vista al suelo con dolor bajabas,
Pero en tu corazon habia fé,
Y ardiente por tus venas aun corria
La sangre pura de ochocientos diez.
Y derrepente, cual gigante inmenso
A quien dormido ataran al cordel,
Despertaste rompiendo tus cadenas
Como en el dia de ochocientos diez.
Quien alza el grito? preguntó el tirano,
Y trueno sordo retumbó á sus piés,
Y la corneta contestó en la Pampa:
«Yo soy el pueblo de ochocientos diez!»
Fuiste vencida, cara patria mia,
Tus legiones sufrieron un revés,
Pero nadie dirá que no caiste
Como los héroes de ochocientos diez.
No lo dirán... ¡cobardes!.. las espaldas
Muestre lanceadas argentino infiel;
Nobles heridas muestren en el pecho
Los descendientes de ochocientos diez.
En sus lanzas filosas levantaron
Los sicarios del déspota cruel,
Del inmortal Castelli la cabeza,
Del hijo noble de ochocientos diez.
De la sangre del mártir de la Patria
De cada gota un héroe ha de nacer,
Sangre fecunda, como fué fecunda
La de los muertos de ochocientos diez.
Tus nobles hijos al mirar su busto
Del polvo alzaron la humillada sien,
Y levantaron con robustos hombros
El ara santa de ochocientos diez.
«Venganza al pueblo!» prorrumpieron todos
«Palmas al mártir que murió con fé!
«Gloria al que caiga en medio del combate!
«Gloria á los hijos de ochocientos diez!»
Se vió agitar del mártir la cabeza,
Y su ojo frio se volvió á encender,
Y desatado el labio á la palabra,
Clamó: «Sois hijos de ochocientos diez!»

VI
EL ALZAMIENTO