———
«Cuando sus alas opacas
Cual la noche oscura y fria,
Apagando mi alegría
Tiende el sombrío dolor;
Yo me siento consolado
Al contemplar tu belleza,
Y disipa mi tristeza
Una lágrima de amor.
«Como una estrella brillando
En la bóveda del cielo
Llena el alma de consuelo
Y de amor el corazon,
Así en medio de la noche
Admiro tus bellos ojos,
Y disipa mis enojos
Una lágrima de amor.
«Esos ojos que derraman
Amores y poesía
Consuelan el alma mia,
Mitigan mi cruel dolor.
De esos astros de mi cielo
Sobre mi frente marchita
Caiga una gota bendita,
Una lágrima de amor.»
De su guitarra al compás
Esto un poeta cantaba,
Y bajo un balcon estaba
Del objeto de su amor:
Caer sintió sobre su frente
Una gota suave y pura,
Una gota de ternura,
Una lágrima de amor.
VI
Á LA MUERTE DE ADOLFO BERRO
POETA ORIENTAL
That live to weep, and sing their fall.
Grey, oda X.
Yertos están sus labios generosos
Sellados por la muerte y la quietud;
Mudos están sus ecos dolorosos.
Mudo tambien su armónico laud.
Mústios están los ojos que abatia
Al contemplar un libro amarillento,
Buscando en él como en la fuente fria
Saciar su sed el viajador sediento.
Marchita está su frente luminosa
Sellada por el genio del dolor,
Pero aun brilla la chispa misteriosa
Que estampó con su dedo el Hacedor.
Y en vano bramarán las tempestades
En alas del furioso vendabal,
Ha de arder al través de las edades
La llama de su genio celestial.
———
Llorad, llorad en torno de la fosa
Del bardo fiel que su mision llenó,
Y que las plantas de su Patria hermosa
Con versos aromáticos bañó.
Llore tambien el mísero mendigo,
Y el desvalido en miserable lecho,
Cayó sin vida el que con voz de amigo
Defendiera su pan y su derecho.
Llorad, llorad, poetas orientales,
Al que cantó las penas del Esclavo,
Al que en la Cruz, con versos celestiales
Cantó, pendiente del sangriento clavo;
Que como Job sobre la piedra dura
Inflamado de espíritu inmortal,
Brillaba su alma transparente y pura
Tendido sobre inmundo lodazal.
———
Pasagero en el valle de la vida
Clavó su tienda en medio del desierto,
Y en busca de una linfa apetecida
Cruzó animoso el arenal incierto.
Y al percibir en su cabeza ardiente
Del genio de la muerte helada brisa,
En su rostro de luz resplandeciente
Brilló inefable y plácida sonrisa.
Y era porque su mente se adormia
Sobre la almohada de la eterna fé,
Y era que el desterrado sonreia
Al estampar sobre su patria el pié.
Y al apagarse en su fulgor naciente
La purísima aurora de su edad,
Brilló sobre su tumba, refulgente,
La aurora de la inmensa eternidad.
———